V
Mi distinguido amigo: Por más que me amonesto y me excito á ser breve, tengo aún tanto que decir, que, sobreponiéndome al temor de cansar, acabaré por decirlo. La floreciente literatura castellana, ó en castellano, de esa república, me complace tanto como si yo soñase que á una persona querida, á quien antes del sueño le hubiesen cortado ó tratasen de cortarle los brazos, le brotasen alas de repente.
Diré á Ud., para que se entere de esta mi visión alegórica, que en gran parte de España, por un lado en Cataluña y por otro en Galicia, ha entrado la manía á no pocos valerosos y fecundos ingenios de privar de sus frutos al habla de Castilla y de escribir sus mejores obras en prosa ó en verso, en catalán ó en gallego. Á mí, que soy muy patriota, en literatura como en todo, me aflige esto bastante; pero me consuela que ustedes, desde tan lejos, nos den como rica compensación lo que dentro de la Península nos quitan nuestros compatriotas.
Tengo además otras razones para extenderme, aunque peque de prolijo.
Los sabios está claro que lo saben todo, y yo no descubro ningún palimpsesto para hablar de ustedes; pero al fin no faltan personas poco sabias, entre las cuales nada se sabe de Uds., y yo puedo contarles cosas casi tan interesantes y amenas como el crimen de la calle de Fuencarral.
Me remuerde la conciencia de haber elogiado sólo á Mercedes Flórez y á Agripina Montes y de no mentar siquiera á otras poetisas. En muchas de ellas noto el mismo candor, la misma sencillez y no menor pasión delicada que la que tan simpática me hace á la hermosa Mercedes.
Así, por ejemplo, Bertilda Samper, hija del doctor del mismo nombre y de doña Soledad Acosta, ilustres escritores ambos. Esta poetisa se complace en la solitaria vida del campo, donde se deleita su alma en la contemplación de la naturaleza y en el devoto y ferviente amor de Dios. Sus versos tienen singular dulzura religiosa. La parábola del sembrador es muy bella, y en las Cartas de una campesina hay trozos que no son inferiores.
Citaré, por último, á otra notable poetisa y escritora colombiana, aunque no lo es por nacimiento, sino por adopción. Hablo de la dama irlandesa María Juana Christie, que casó con don Juan E. Serrano, á la cual he tenido el gusto y la honra de tratar en Nueva York, y á la cual Núñez de Arce y yo debemos estar y estamos muy agradecidos. La señora de Serrano ha traducido al inglés, con singular maestría, venciendo á otros traductores y satisfaciendo el gusto difícil de los críticos de la casa de Appleton, mi novela Pepita Jiménez: ha traducido y publicado también mi diálogo Gopa, y ha puesto en hermosos versos ingleses, con general aplauso, no pocos de los que contienen los Gritos del combate.
Esta señora, sobre su llaneza de buen tono y natural modestia, está dotada de muy agudo ingenio y de elevado entendimiento, cuyo cultivo ha sido esmeradísimo. Habla el castellano tan bien como el inglés, y posee además el alemán, el italiano y las lenguas clásicas griega y latina.
De obras originales no sé que haya publicado más la señora de Serrano que un tomito de versos titulado Destiny and other poems, en Nueva York, en 1883; pero este tomito, hasta donde yo soy capaz de comprender el mérito de la poesía inglesa, me parece que no se perderá en el inmenso cúmulo de dicha poesía, y que algo de lo que el tomito encierra figurará como muestra, adorno y gala en las futuras Antologías británicas.