La señora de Serrano, á quien estiman y quieren mucho en la sociedad más distinguida de Nueva York y de Washington; que es hermosa, y que tiene una hija ya casadera, en quien ve renovarse su hermosura, no debiera estar muy melancólica, ni tener blue devils; pero los males de su patria, Irlanda, el ejemplo de Byron y de Shelley, y la filosofía pesimista alemana, hoy tan en moda, influyen poderosamente en ella, en lo teórico al menos, ó sea cuando toma la lira y canta. De ordinario, no me parece la señora de Serrano ni desesperada ni siquiera cejijunta, sino llena de afabilidad y de agrado.

Sea como sea, no sé si lamentar su sombría tristeza, meramente especulativa, como la supongo, y que produce tan magníficos versos. Algunos, traducidos al español por D. Rafael Pombo, vienen insertos en el Parnaso Colombiano; pero no bastan estos versos, y sería menester estudiar con atención todo el tomo, en inglés, para penetrar bien en el vacilante espíritu de la poetisa y determinar hasta qué extremo llega su pesimismo, y cómo ella le contradice y vence por virtud de ciertas vagas creencias en palingenesias en otros astros, donde la felicidad no es tan difícil, ya que no imposible, como en este en que vivimos ahora.

Necesitaría yo hacer especial estudio del extenso poema Destiny para aquilatar bien el mérito y la originalidad de la señora de Serrano, y hasta qué punto se deja influir por la celebrada y eminente poetisa Isabel Browning, su compatriota. En las obrillas cortas de la señora de Serrano se nota la impresión del momento. En algunas, como en Despondency, Días de otoño é Invocación á la muerte, hay la más negra y completa desesperación; en otras brillan esperanzas vagas ultramundanas, y en otras, por último, hay yo no sé qué enigmático remedio de todos los males, que la poetisa posee y disfruta, aun en esta vida mortal, pero que no sabe, ó no debe, ó no quiere descubrir en qué consiste. Así es que habla de su panacea como proponiendo un acertijo y ofreciendo premio al que le declare. Yo, aunque mal y torpemente, he traducido, ó mejor diré, he adaptado al español este acertijo, riddle. Allá va: adivínele quien pueda.

Es mi tesoro una joya
Que en áureo cerco no brilla:
Me la dió Naturaleza
En su forma primitiva.
Mas quien de joyas entiende,
Si llega á mirar la mía,
Su inmenso valor pondera
Y palidece de envidia.
En clara noche de estío,
Del mundo en la edad florida,
Cuando la tierra con lágrimas
Regado el hombre no había,
Pues deslumbraba sus ojos
La luz de fáciles dichas,
Cayó mi joya del cielo
Sin que su luz fuese vista.
Vino más tarde el dolor,
Que sueños calman y alivian,
Y quien alivio buscaba
Mi joya en sueños veía.
Danzas entonces tejiendo
En una selva, á la tibia
Claridad de las estrellas,
Y en el césped escondida,
Encontró un hada mi joya
Y la puso en su varita.
Protectora se hizo el hada
De mucha inocente niña,
Y trocó en sedas y encajes
Los harapos que vestía,
Y se la llevó en volandas
A dar, en fiestas magníficas,
A los príncipes amor
Y á las princesas envidia.
Luego empeoró nuestra raza,
Y las hadas afligidas
Huyeron sin que se sepa
A qué región ni á qué clima.
Antes de huir sepultaron
La joya en profunda sima,
Porque no la profanase
Ninguna mirada indigna.
Sobre esta piedra preciosa
Harto los sabios cavilan,
Y filosofal la llaman
Y estudian por descubrirla.
Mas, como nunca penetran
Bastante en la esencia íntima
De naturaleza, en balde
Ver la joya solicitan.
Así permaneció siempre
Blanco oculto á toda mira,
Hasta que en una mañana
De primavera, yo misma
Con mis lisonjas la atraje
Por mis conjuros cautiva.
En mi seno, desde entonces,
La joya está, do mitiga
Toda pena, y donde todo
Vano deseo amortigua:
Que hay en su centro brillante
Misteriosa hechicería
Y recuerdos de aquel sitio
Que abandonó en su caída.
Al contemplarla mi alma,
Mi alma á los cielos aspira,
Sin que en afanes diarios
La joya no valga y sirva,
Pues humildad y pobreza
No la avergüenzan ni humillan:
Y con rosicler de aurora
Baña su luz peregrina
Mejor que el alcázar regio
Las modestas alquerías.
Al sabio que de esta joya
Sepa el nombre, y dé noticias
Y explicación del encanto
Que en su talismán se cifra,
Tendré yo por el más sabio
Mortal que en el mundo viva,
Y también por el más rico,
Y, aunque nada anhele y pida,
A mi muerte ha de ganar
Esta joya por albricias.

Volviendo ahora á los poetas, que por admirar á las poetisas habíamos abandonado, seré breve por varias razones.

Hay tres ó cuatro poetas en el Parnaso Colombiano de quienes es mejor limitarse á citar los nombres que decir poco sin haber estudiado todas sus obras y sin conocer bien su vida.

Así, por ejemplo, Rafael Núñez, actual presidente de la república. Núñez es autor de un libro titulado Ensayos de crítica social y también de muchas poesías, que no sé si ha publicado en tomo. Las que inserta el Parnaso son originalísimas por su fondo filosófico y por su forma concisa, enérgica y sentenciosa. La primera, que es la más encomiada y que merece serlo, deja pasmado á quien la lee, sobre todo al considerar que es el autor un hombre político, presidente de la república nada menos. Nosotros casi no podemos comprender la franqueza de Núñez. Entre nosotros no diré yo que un jefe de partido, un eminente hombre de Estado tenga por fuerza que creer en alguna cosa. Bien puede no creer en ninguna; pero se guardará de decirlo. Decirlo sería descarrilar: hacer mal su papel. Tendrá, pues, su Credo ó Símbolo, redactado por artículos; artículos de fe, de cada uno de los cuales no renegará, aunque le descuarticen. Así serán ó aparecerán todos los políticos. Este creerá en la soberanía del pueblo y en el sufragio universal; aquel, en el derecho divino de los reyes y en la constitución interna; uno será librecambista, proteccionista otro; pero todos se mostrarán muy firmes en sus creencias y harán de las opiniones dogmas, y de la profana política algo como religión ultrasagrada, y llamarán comunión ó iglesia á su bandería ó pandilla, y correligionarios á sus parciales, y pondrán en su martirologio á cualquiera de estos correligionarios, cuyo suelto en los periódicos haya sido denunciado.

Acostumbrados nosotros á esta severidad dogmática, y dichosos poseedores de una ciencia ó de una creencia, ¿cómo no maravillarnos de los versos del Sr. Núñez, que se titulan, con la frase de Montaigne, Que sais-je?, y donde el autor viene á declarar que no cree en nada y que no sabe nada? El Sr. Núñez no está seguro de

Si es la ciencia dudosa que aquí hallamos
Escala vacilante en que pasamos
De un error á otro error.

Así es que termina exclamando: