¡Oh confusión! ¡Oh caos! ¡Quién pudiera
Del sol de la verdad la lumbre austera
Y pura en este limbo hacer brillar!
De lo cierto y lo incierto, ¡quién un día
Y del bien y del mal conseguiría
Los límites fijar!

Otros varios poetas figuran en el Parnaso Colombiano, de quienes no se debe aquí decir nada. Sería menester escribir un largo artículo sobre cada uno. Hay que hacerse cargo de que el Parnaso Colombiano es un muestrario de toda una rica literatura contemporánea.

Tal vez un día, si sigo yo escribiendo estas cartas, hable extensamente y como ellos merecen, de José María Samper, poeta, novelista, dramaturgo, filósofo, político y el más fecundo escritor de Colombia; de Julio Arboleda, lírico famoso y autor de un poema ó leyenda cuyo título es Alvaro de Oyón; de José María Marroquín, sabio filólogo y discreto poeta, lleno á veces de chiste; de Gregorio Gutiérrez González, gran pintor de la naturaleza de su tierra, y cuyo poema sobre el cultivo del maíz acaso compite con la sublime Destrucción de las florestas del brasileño Araujo Porto-Alegre; de los Caros, padre é hijo, de quienes he dicho tan poco, y de otros más.

Por lo pronto, aunque no baste esta carta y tenga yo que escribir la sexta para terminar mi trabajo, he de decir algo todavía de varios poetas que me parecen muy originales, y de otros, jóvenes los más, que, sin dejar de ser originales, siguen algo en la forma y en la manera, ya á Campoamor, ya á Bécquer, que son, á par de Núñez de Arce, los poetas españoles del día más populares y celebrados hoy en Colombia.

Justo es decir que, entre estos jóvenes poetas, Bécquer es más seguido é imitado que Campoamor, y que su escuela está también mejor representada. Verdad es que Bécquer tiene á Heine por auxiliar, y el auxiliar de Campoamor no acude ó no se ve tan claro.

Como muestras de estos becqueristas citaré de Emilio Antonio Escobar las siguientes composiciones, que él llama Rimas, como llama Bécquer á las suyas:

Allá en el fondo de la tumba fría,
Del cadáver los átomos inertes
Se transforman, se buscan y palpitan
En las auroras de un eterno génesis.....
Y aquí en mi pecho un corazón vacila
Y el hielo horrible del sepulcro tiene.....
Allá se siente palpitar la vida,
Aquí se siente palpitar la muerte.

Cada vez que tu mano, al despedirme,
Estrecho conmovido entre las mías;
Cada vez que me dices: «Hasta luego»,
Fijando en mí tus húmedas pupilas,
Oigo un eco lejano que repite
Dolorosa y eterna despedida,
Y siento que una lágrima que oculto
Me cae al corazón pesada y fría.

Ya en la iglesia de los cielos
Alguien enciende los cirios,
Y el órgano de los vientos
Suspira ya sus registros;
Largos nubarrones negros
Enlutan el infinito.....
Se va á cantar el entierro
De nuestro amor muerto niño.

En todo esto hay lo más lastimoso de Bécquer y de Heine: olor de cementerio y cancamurria de gori-gori.

Muy superior me parece otro becquerista de veintitrés años: Joaquín González Camargo, médico y literato. Sus versos Viaje de la luz son becqueristas; pero, ¿yo no sé?, me siento inclinado á decir que me gustan más que los mejores de Bécquer y de Heine. Y dicen los versos:

Empieza el sueño á acariciar mis sienes:
Vapor de adormideras en mi estancia;
Los informes recuerdos en la sombra
Cruzan como fantasmas.
Por la angosta rendija de la puerta
Rayo furtivo de la luna avanza,
Ilumina los átomos del aire:
Se detiene en mis armas.
Se cerraron mis ojos, y la mente,
Entre los sueños, á lo ignoto se alza:
Meciéndose en los rayos de la luna,
Da formas á la nada.
Y ve surgir las ondulantes costas,
Las eminencias de celeste Atlántida,
Donde viven los Genios y se anida
Del porvenir el águila.
Allí rima la luz y el canto alumbra,
Aire de eternidad alienta el alma,
Y los poetas del futuro templan
Las cristalinas harpas.
Auroras boreales de los siglos
Allí se encuentran, recogida el ala;
Como una antelia vese el pensamiento
Que gigantesco se alza.
Allí los Prometeos sin cadenas
Y de Jacob la luminosa escala;
Allí la fruta del Edén perdida,
La que el saber entraña.
Y el libro apocalíptico, sin sellos,
Suelta á la luz sus misteriosas páginas,
Y el Tabor del espíritu su cima
De entre la niebla saca.
Y allí el Horeb de donde brota puro
El casto amor que con lo eterno acaba:
Allá está lo ideal, allá boguemos.....
Dad impulso á la barca.
Despertéme azorado..... ¿Y ese mundo?
Para volar á él ¿en dónde hay alas?
Interrogué á las sombras del pasado,
Y las sombras callaban.
Pero el rayo de luna ya subía
Del viejo estante á las polvosas tablas,
Y lamiendo los lomos de los libros,
En sus títulos de oro se miraba.