Pero este Dios, que entrevé el poeta en el éter infinito, poblado de estrellas, se deja ver mejor en el fondo del alma, hecha á su imagen. El alma es más grande que el universo todo, y más capaz que el universo de contener á Dios.

Y si del polvo libre se lanzara
Esta que siento, imagen de Dios mismo,
Para tender su vuelo no bastara
Del firmamento el infinito abismo;
Porque esos astros, cuya luz desmaya
Ante el brillo del alma, hija del cielo,
No son siquiera arenas de la playa
Del mar que se abre á su futuro vuelo.

Sin duda hay en la colección que voy examinando algunos poetas más de los ya citados que merecerían alabanzas no muy inferiores á las que he dado hasta ahora; pero mi revista va siendo sobrado larga, y conviene terminar.

No es justo callarse que hay también en el Parnaso Colombiano bastantes composiciones que sólo demuestran la cultura general de Colombia y la extremada afición que tienen á la poesía los ciudadanos de aquella república. Hay bastantes composiciones correctas, pero insignificantes é incoloras, que todo joven ó todo viejo, de algunos estudios, puede hacer si en ello se empeña.

Tal vez será prevención mía; pero así como yo creo que el romance octosílabo es propio para la poesía en nuestro idioma, así también, á pesar de El moro expósito y de otros ejemplos brillantes en contra de mi opinión, yo entiendo que el romance endecasílabo se presta mucho al prosaísmo más desmayado. En el Parnaso Colombiano hay sobra de estos romances.

Noto además que las Musas justicieras se inclinan á ponerse foscas con los poetas de Colombia, cuando, por mal entendido patriotismo, ofenden é injurian á la antigua madre patria, España. Sus versos entonces son casi siempre malos. El más patente ejemplo de esta verdad le dan unas estrofas de D. José María Torres Caicedo A Policarpa Salabarriela, que fué la Mariana Pineda de por allá.

De lamentar es que, en el primer tercio de este siglo, así porque Fernando VII no era rey muy blando ni muy amoroso, como porque la enemistad y el furor entre liberales y absolutistas eran violentísimos, y la lucha tremenda y desapiadada, hubiese tantas y tantas víctimas que nos son simpáticas, y que hoy consideramos con razón como héroes ó mártires. Mas no por eso está bien decir en pícaros versos:

Torres, Cabal, Torices y Camacho,
Casa-Valencia, Mutis y Mejía,
Caldas, mil libres más á muerte impía
Condenólos el bárbaro español.

Por desgracia, se podría llenar una hoja con los nombres de los ajusticiados españoles que ajustició el bárbaro español, hacia la misma época, aquí, en la Península, y con mucho menor motivo, pues al cabo no es lo mismo querer cambiar la forma de gobierno de la patria que deshacer y descuartizar la patria. Es indudable que de este descuartizamiento han nacido pueblos y Estados nuevos, por virtud de una ley providencial ineludible: pueblos y Estados nuevos, por cuya prosperidad y grandeza todo español peninsular hace hoy fervientes votos, hasta por vanidad y amor propio de casta; pero entonces, cuando se rebelaban ahí, ¿era posible que un rey absoluto y un gobierno tiránico, de que los mismos peninsulares eran víctimas, no castigase con dureza á los rebeldes?

Todos los horrores, todas las crueldades de la guerra de la independencia americana, que no fueron mayores que los de cualquiera otra guerra civil en la Península, no justifican la condenación y la injuria que lanza sobre los españoles el Sr. Torres Caicedo. El Sr. Torres Caicedo se ofende á sí mismo y á todo su linaje, pues yo presumo que será tan español como cualquiera de nosotros, y que, si él no lo es, lo fué su padre ó lo fué su abuelo.