No tiene la menor disculpa que el Sr. Caicedo califique todo el tiempo que Colombia estuvo unida á España de
Centurias de baldón y afrenta
En que yació la tierra americana.
Eso estaría sólo bien en boca de los indios triunfantes, si se hubiesen levantado contra el Sr. Torres Caicedo y contra todos los de origen español y los hubiesen arrojado de la América que invadieron y colonizaron.
Esos improperios contra España quizá parecerían fundados en boca del Zipa, del Zaque y del Pontífice de Iraca, restablecidos, desechadas nuestra lengua y nuestra cultura, y adorando otra vez á Chibchacum y á Chiminigagua.
Por lo demás, no podemos perdonar al Sr. Torres Caicedo, diplomático ilustre, hombre político, notable escritor en prosa sobre todas materias, filosóficas, literarias, económicas, etc., que sea tan desaforadamente encomiador de doña Policarpa. El encomio, por merecido que sea, debe tener su medida. Pase que Leonidas y Temístocles no valgan más que Bolívar y Sucre, y pase que Ayacucho y Junin equivalgan á Maratón y á Salamina. Ojalá (y lo digo sin ironía, movido del amor de raza, superior al amor de patria), ojalá que el porvenir justifique la que es hoy exageración, dando á las batallas de Ayacucho y Junin la transcendencia que Salamina y Maratón tuvieron, siendo como el punto de partida, en el terreno político de la acción, de una cultura y de una fuerza civilizadora más fecundas y más grandes que las conocidas hasta entonces, fuera de Grecia, y que en Salamina y en Maratón fueron vencidas. Pase, por último, que doña Policarpa valga tanto ó más que Débora, Judith, Mad. Roland, Juana de Arco y Carlota Corday; pero no se puede tolerar, aun sin ser buen católico, y siguiendo un criterio racionalista, que el Sr. Torres Caicedo compare también á doña Policarpa con la Virgen María, porque la Virgen María
La muerto vió del Redentor divino,
Del que derechos, libertad trajera;
Del Hombre-Dios que al hombre enalteciera,
Donando al mundo la igualdad, la luz.
Precisamente porque Cristo donó al mundo todas esas cosas y otras muchas más, y puso con su doctrina la base de una civilización que ha durado siglos y que comprende á la más noble parte del linaje humano, Cristo no puede compararse con ninguno de los insurgentes, revolucionarios y conspiradores, por gloriosos que hayan sido. Y en cuanto á la Virgen María, aun mirado todo ello con impía mirada, negando el ser real de la Virgen y suponiéndola semidiosa simbólica, supremo ideal, en quien se cifran todas las excelencias de la mujer, la maternidad, la pureza virgínea y la piedad compasiva, no veo paridad, ni buen gusto en que la comparemos ni con Policarpa, ni con la Mariana Pineda, ni con Carlota Corday, ni con ninguna otra heroína de armas tomar ó de pelo en pecho.
En general, en los versos patrióticos colombianos hay sobrada hipérbole, así en alabar á los héroes de la independencia, como en denigrar á los españoles y á España. No se considera bien que antes de la independencia, los que más tiranizaron á la tierra y á la gente americanas fueron los padres ó los abuelos de los que se sublevaron contra esa tiranía, y que después ha habido un no corto período de guerras civiles en que se ha derramado más sangre que la derramada por los españoles, y ha habido tiranos en casi todas las repúblicas, que nada tienen que envidiar en punto á crueldad, ni á Fernando VII, ni á ningún otro rey, ni á ninguno de los virreyes ó generales y gobernadores que los reyes enviaban. En varios poetas, á pesar del orgullo patriótico, aparecen estas confesiones arrancadas por el dolor y el enojo. Santiago Pérez dice:
No resta acaso un punto
Do la sangre que vierte nuestra mano
No cubra ya la que vertió el hispano.
Y en D. Miguel Antonio Caro llegan ya estos sentimientos de disgusto hasta el extremo, que yo no puedo ni quiero aplaudir, de hacer que el propio espíritu de Bolívar vacile entre si debe gloriarse ó arrepentirse de haber dado á la América su independencia. Bolívar exclama: