¿Quién sabe
Si aré en la mar y edifiqué en el viento?
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¿Si caerán sobre mí las maldiciones
De cien generaciones?
No. Es evidente que no caerán. Las repúblicas que de España nacieron serán grandes también como la que nació de Inglaterra; y la gloria de Bolívar no será inferior á la de Washington. Todo, si Dios quiere, y Dios querrá, habrá de ser, sin que sea necesario para ello que se nos trate mal en malas coplas.
La gloria de Bolívar, por sus hechos, sin consideración á los últimos resultados, y el crecimiento de esta gloria, en lo porvenir, cuando las repúblicas hispano-americanas se engrandezcan, están en perfecta consonancia con nuestro interés y con nuestra vanidad patriótica de peninsulares. Mientras más se encomien el tino político, la pericia militar, el valor y la actividad infatigable del Libertador, más cohonestada y ennoblecida quedará nuestra derrota.
No hay español, que sepa de Bolívar, que, movido de estos sentimientos, no levante á Bolívar á la altura de Washington. Y aun le pondría por cima, como lo desea, si no se midiese la magnitud de los héroes por el producto de sus heroicidades. Es tan bella, tan simpática y tan generosa la vida de Bolívar, sobre todo en sus últimos años, que Bolívar, que murió joven aún, infundiéndonos admiración por sus proezas, por su desprendimiento y por su amor sincerísimo á la libertad, é infundiéndonos piedad sublime por la ingratitud que ulceró su pecho, resplandecería por cima de Washington, si las repúblicas de la América del Sur llegasen, como es probable que lleguen, á ser tan poderosas como la república por Washington fundada.
El liberalismo es hermosa doctrina. Yo soy, he sido y seré siempre muy liberal; pero no desconozco que el liberalismo ha sido tan manoseado y vulgarizado en discursos y peroratas, en brindis de comidas patrióticas y en artículos para rellenar columnas de periódicos, que es difícil ser liberal en verso sin caer en la prosa más plebeya. Y si el poeta liberal escribe en romance endecasílabo, peor que peor. Fiado en el sonsonete de la continuada asonancia, descuida la dicción, y no sabe ó no quiere saber que hay una forma ó una construcción propia de la poesía. Lastimosa muestra de esto que digo dan los versos Catón en Utica, de Luis Vargas Tejada.
El pobre Catón larga, antes de matarse, un romance tan pedestre como los de muchas tragedias clásicas españolas del siglo pasado.
Inútiles han sido mis esfuerzos:
Al fin triunfar el despotismo logra,
Y delante del César abatida
Yace en el polvo la soberbia Roma.
Un hombre, un hombre solo usurpa el fruto
De tantos sacrificios y victorias.
Y así continúa Catón ensartando cerca de doscientos versos, sin que haya razón para que no ensarte dos ó tres mil: para que cese el aguacero y escampe.
Pero baste de censura.