En este libro no sé qué debo preferir: si la prosa, ó los versos. Casi me inclino á ver mérito igual en ambos modos de expresión del pensamiento de Ud. En la prosa hay más riqueza de ideas; pero es más afrancesada la forma. En los versos, la forma es más castiza. Los versos de usted se parecen á los versos españoles de otros autores, y no por eso dejan de ser originales: no recuerdan á ningún poeta español, ni antiguo, ni de nuestros días.

El sentimiento de la naturaleza raya en Ud. en adoración panteística. Hay en las cuatro composiciones (á ó más bien en las cuatro estaciones del año) la más gentílica exuberancia de amor sensual, y en este amor, algo de religioso. Cada composición parece un himno sagrado á Eros, himno que, á veces, en la mayor explosión de entusiasmo, el pesimismo viene á turbar con la disonancia, ya de un ay de dolor, ya de una carcajada sarcástica. Aquel sabor amargo, que brota del centro mismo de todo deleite, y que tan bien experimentó y expresó el ateo Lucrecio,

medio de fonte leporum
Surgit amari aliquid, quod in ipsis floribus angat,

acude á menudo á interrumpir lo que Ud. llama

La música triunfante de mis rimas.

Pero, como en Ud. hay de todo, noto en los versos, además del ansia de deleite y además de la amargura de que habla Lucrecio, la sed de lo eterno, esa aspiración profunda é insaciable de las edades cristianas, que el poeta pagano quizá no hubiera comprendido.

Usted pide siempre más al hada, y.....

El hada entonces me llevó hasta el velo
Que nos cubre las ansias infinitas,
La inspiración profunda
Y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.

Pero aun así, no se satisface el poeta, y pide más al hada.

Tiene Ud. otra composición, la que lleva por título la palabra griega Anagke, donde el cántico de amor acaba en un infortunio y en una blasfemia. Suprimiendo la blasfemia final, que es burla contra Dios, voy á poner aquí el cántico casi completo.