Hazte cargo de lo que sucedería siendo joven y guapo el farsante, y la doncella tan determinada y fogosa que le envió de buenas á primeras la cinta de sus zapatos ó botines.

De todos modos, yo hallo cruel que el obispo Villarroel condenase á las mujeres á no oir comedias porque oyéndolas había pecado una; pero aun así, Villarroel fué el menos severo de los obispos. Otro hubo, D. Manuel de Aldai, cuya rigidez impidió que se fundase en Chile teatro permanente, en el año de 1778. El Sr. Aldai afirmaba que, según la mayoría de los teólogos, era pecado mortal el asistir á las comedias.

Con tan firme oposición, y en una colonia sumisa y obediente á la tutela de la autoridad eclesiástica, no era posible que el teatro floreciese.

Aun así, hubo varias representaciones, con ocasión de grandes fiestas y solemnidades, señalándose entre todas las que tuvieron lugar en 1693 para celebrar el casamiento del nuevo presidente D. Tomás Marín de Poveda con la señorita peruana D.ª Juana Urdánegui, hija del marqués de Villa Fuerte. En esta ocasión se dió en Chile el primer drama escrito allí, titulado El Hércules chileno.

Con todo, la oposición, según hemos dicho, de la autoridad eclesiástica, que hasta por motivos económicos prohibía las representaciones, á fin de evitar gastos de trajes y galas, en un país entonces pobre, no permitió que la afición al teatro creciera y diera fruto. Las representaciones dramáticas siguieron haciéndose muy de tarde en tarde y con lamentable pobreza y falta de medios: sin decoraciones, sin vestuario y con actores improvisados.

En 1777 hubo un empresario que formó compañía de actores para representar autos. Y dice un autor, describiendo estas representaciones, que «algunos mulatos notables por su desplante estaban vestidos de casacas, como los oficiales de la guardia del gobierno, para representar á los reyes magos, á Herodes y á Pilatos; y dos ó tres mujeres, más recomendables por su locuacidad que por la cultura de sus maneras, se habían cubierto de vistosas sayas para desempeñar los papeles de Santa Ana, de Santa Isabel y de la Virgen María.» Ni es muy de extrañar esta falta de exactitud histórica en la indumentaria. De principios de este siglo he oído yo contar á testigos oculares haber asistido en ciudades de esta Península á la representación de El maestro de Alejandro, y haber visto á Aristóteles de abate, con traje negro, chupa y calzón corto, zapato de hebilla de plata, capita y tricornio.

Todavía se infiere de lo citado un no pequeño progreso en el arte escénico de Chile en 1777. Ya entonces representaron mujeres, cuando era lo común que para los papeles de mujeres sirviesen muchachos.

En suma, durante casi todo el tiempo del régimen colonial, ni floreció ni pudo florecer el teatro en Chile. Para divertir al público y proporcionarle espectáculos había otras tres ó cuatro cosas más fáciles de hacer, y que se hacían más á menudo á despecho casi siempre de los obispos, en extremo celosos de la moral de sus ovejas.

Estos otros espectáculos, que agradaban en Chile y á los que la gente acudía con entusiasmo, eran las corridas de toros, que después de la independencia prohibió perpetuamente el Congreso por ley de 1823: las chinganas y los retablos de nacimientos, contra los cuales, á pesar de ser tan religioso el asunto, se estrelló también el obispo Aldai y los prohibió bajo pena de excomunión mayor, porque aseguraba y lamentaba que, merced al agolpamiento y apreturas de los muchos sujetos de ambos sexos que acudían á ver los nacimientos, sobrevenían mil desmanes. Las mismas corridas de toros habían dado motivo á quejas semejantes, porque terminada la función y ya de noche, hombres y mujeres, ellos embozados y tapadas ellas, se acogían debajo de los tablados provisorios con el pretexto de tomar dulces, refrescos ó licores, de lo que resultaban escenas poco edificantes.

Las corridas de toros tenían además otro grave peligro, no habiendo circo á propósito. Era frecuente que los toros bravos se escaparan, causando no pocos males, pues no siempre hacía Dios un milagro para salvar á la gente, como el milagro que se cuenta en la Vida del venerable siervo de Dios fray Pedro Bardesi. Este fray Pedro detuvo un toro que corría furioso por las calles de Santiago: se arrancó una manga del hábito y se la puso al toro en el hocico, y el toro se hincó de rodillas para venerarla y besarla, y entonces acudieron los de la plaza y le ataron y se le llevaron sin resistencia como si fuese cordero.