La otra gran diversión, que suplía el teatro, y que más tarde compitió con él y pugnó por vencerle, fué la diversión de las chinganas. Eran reuniones donde se bailaban los preciosos bailes del país, y singularmente la zamacueca; pero el tratar de esto requiere detención, y lo dejo para la carta siguiente.

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3 de Diciembre de 1888.

II

Querido primo: Siguiendo hoy en el ligero extracto del curioso y extenso libro de Amunátegui, veo que las chinganas fueron el obstáculo más persistente contra el florecimiento del teatro; florecimiento que, más que nadie, promovieron después de la independencia de Chile los dos famosos literatos D. Andrés Bello y D. José Joaquín de Mora.

La afición á las chinganas persistió y aun se recrudeció pasado ya el primer tercio del siglo presente. Por esta afición, los teatros quedaban desiertos.

Contribuía poderosamente á tal resultado la malevolencia contra el teatro del clero y del partido clerical, malevolencia no infundada, ya que el teatro, de que gustaban y que concebían los doctos de entonces, era una escuela de moral, que reemplazaba al púlpito con ventaja, y donde habían de enseñarse además virtudes cívicas y patrióticas, y odio y desconfianza á la religión y á los sacerdotes.

Resultaba asimismo de este prurito de doctrinar desde la escena que no se podía dar en el teatro nada divertido, sino tragedias pesadas y filosóficas, traducidas ó imitadas del francés, y donde todo se volvía sermonear y despotricarse contra los tiranos sacros y profanos de todas las edades. Era tal la tiramira de desvergüenzas con que los varones libres y virtuosos atarazaban á los tiranos, que casi parecían ellos los tiranos, y los tiranos las víctimas, hasta que á lo último perdían los tiranos la paciencia y mandaban degollar á los otros. En suma: había razones, hasta cierto punto plausibles, para justificar ó disculpar la preferencia que se daba en general á las chinganas.

Yo creo que éstas habían de ser, ó son, si subsisten aún, algo parecido á nuestros cafés, en donde se canta y se baila á lo flamenco, por más que las chinganas, si hemos de no ver exageración en lo que dice D. Andrés Bello, eran más frecuentadas por toda clase de gentes, y daban mayor pábulo á la deshonestidad y á la licencia. Yo presumo que Bello, cegado y exaltado por el espíritu de partido, exagera mucho cuando califica á las chinganas de burdeles autorizados, «donde la confusión de todo género de personas afloja los vínculos de la moral y abre la puerta á la corrupción, donde los movimientos voluptuosos, las canciones lascivas y los dicharachos insolentes hieren con vehemencia los sentidos de la tierna joven, á quien los escrúpulos de sus padres ó las amonestaciones del confesor han prohibido el teatro».

Bello y Mora siguieron declamando contra las chinganas y en favor del teatro con poco fruto por lo pronto. Ellos mismos hubieron de entrever que en gran parte tenían la culpa las tragedias pseudoclásicas, tan cívicas y filosóficas, y las comedias docentes á la francesa; y ya proponían que se representasen obrillas más alegres y de menos doctrina y comedias del antiguo teatro español.