Mora, calculando que no podía vencer á la Terpsícore chilena, trató de adularla, de educarla y de hacer de ella una poderosa aliada. Para esto, así como había redactado el Código fundamental ó Constitución de Chile, quiso reglamentar el baile y convertir á los chilenos en un pueblo de bailarines honestos y morigerados. Propuso que se organizasen por todo Chile comparsas de danzantes de doce ó más parejas, de un solo sexo ó de los dos, destinadas á bailar en los grandes días festivos, acordándose, sin duda, de David y de los seises. Cada parroquia había de tener su número completo de bailarines que bailasen con trajes airosos y decentes al son del tamboril y de una gaita delante de la iglesia al concluirse los oficios divinos, y luego, por la tarde. Asimismo se les había de permitir ir á bailar en los días de cumpleaños y en los casamientos de las personas más condecoradas del barrio, para de este modo mantener trajes y músicos. Y, por último, en las grandes festividades nacionales debían ir á la Plaza Mayor á tejer con arcos, guirnaldas y espadas, varias danzas que entretuviesen á la muchedumbre.
Mora se prometía de todo esto mil beneficios que elocuentemente expone. Casi da lástima de que su proyecto no cuajase. Pero dejemos lo coreográfico y volvamos á lo dramático.
Cuando Chile era colonia aún, cabe la honra á España de haber fundado allí un teatro, aunque provisional, menos efímero que los anteriores. El último capitán general y presidente de la Audiencia, superintendente de Hacienda, etc., que allí tuvo España, se llamaba D. Casimiro Marcó del Pont, y era vehemente aficionado á comedias. A pesar, pues, de la oposición del clero y de la gente devota, hubo teatro en su tiempo. En él se representaban aún comedias españolas castizas, del gusto antiguo.
Pronto vino la independencia, el ejército patriota triunfó en Maipo, y en seguida empezaron á pedir los periódicos que hubiese un buen teatro para la república, donde aprendiesen los ciudadanos á ser libres, á odiar á los tiranos y á combatir por la patria.
El general director D. Bernardo O’Higgins comprendió todo lo útil y transcendental del teatro como escuela de costumbres y de virtudes cívicas, y encargó á uno de sus ayudantes, D. Domingo Arteaga, para que organizase una compañía de cómicos y construyese un buen coliseo permanente.
Se construyó éste y se estrenó en 1820.
En el telón se leía, en letras de oro, el siguiente dístico:
Hé aquí el espejo de virtud y vicio:
Miraos en él y pronunciad el juicio.
Lo grave y serio del público y de los actores no respondía aún á la gravedad y seriedad del dístico citado. En el teatro, que era de madera, y malo, reinaba chistosa franqueza patriarcal. En cierta ocasión, la Lucía, actriz mimada del público, se enojó porque la silbaron, y lanzó á los concurrentes, con ademán desdeñoso, «la palabra más puerca que puede salir de la boca de una irritada verdulera». Otra vez, durante la representación del Otelo, un inglés encendió un puro y se puso á fumar, lo cual estaba prohibido. El soldado, que hacía cerca centinela, le dijo que apagase, y el inglés se echó sobre él para quitarle el fusil. Se armó brava pendencia entre el inglés y el soldado, y público y actores prescindieron de la tragedia para contemplar la realidad.
Entonces el general O’Higgins sacó el cuerpo fuera del palco y gritó: «Muchacho, cuidado con que te quiten el fusil». Animado el militar con esta voz de mando y aliento, logró desasir el arma de las garras británicas, y aplicó un buen culatazo al inglés, tumbándole en el suelo. Se le llevaron, y siguió la representación interrumpida.