Visto que este primer teatro era peor que un corral de títeres é infundía poco respeto, D. Domingo Arteaga siguió afanándose y logró construir otro teatro, ya bueno y respetable, que se abrió al público en 1827.
Por aquella época llegó á Chile el gran protector del teatro.
D. José Joaquín de Mora llegó á Chile, llamado por el jefe del Estado, D. Francisco Antonio Pinto, para que contribuyera «á derramar el bautismo de la ilustración en una sociedad que acababa de nacer á la vida del entendimiento».
Se renovó en Mora aquello que se cuenta de antiguos sabios de la Grecia, que eran llamados por las remotas colonias para darles Constitución y leyes é iluminarlas con su sabiduría.
Uno de los mil medios de que se valió Mora para mostrar su actividad fecunda y cumplir su misión de sabio civilizador, fué componer alocuciones en verso que se recitaban en el teatro. Claro está que estas alocuciones, donde los españoles son pintados como tiranos, no se insertaron en las colecciones que Mora hizo más tarde de sus poesías, en Cádiz en 1836, y en Madrid en 1853. Por lo demás, así estas alocuciones como otros versos chileno-patrióticos ó ultraliberales que hizo Mora en Chile y que nos da á conocer é inserta Amunátegui, salvo el gusto acendrado y la maestría en la lengua y en la metrificación que revelan, no contienen bellezas por donde puedan ponerse muy por cima de lo mediano.
En lo satírico brilla más Mora en estos versos que sólo publicó en Chile. Hay algunas letrillas, como la titulada En tiempo de los Borbones, que le valieron en Chile el título de Beranger español. A Mora, con todo, le ocurría lo que á Arquíloco: la rabia le armaba del jambo; era más poeta cuando se revolvía furioso contra los que personalmente le ofendían; y así, con ser injusto é ingrato cuando insulta á los chilenos, al ver que los del nuevo partido no le protegen ni quieren ya que siga iluminándolos, Mora es entonces mucho más poeta. Admiremos la ironía cruel y el osado denostar de estos tercetos:
Borrón es de la patria torpe y feo
Que á inocularnos venga un perro godo
En exótica charla y devaneo.
Raciocinemos, pues, á nuestro modo,
O más bien rebuznemos, que es lo mismo.
A uno gusta el almizcle y á otro el lodo.
Eso sí: guerra eterna al despotismo;
Sacudimos el yugo, por supuesto.
¡Viva la patria! ¡Viva el patriotismo!
Ya de Castilla el pabellón funesto
No profana esta tierra venturosa.
Vengan de Londres los millones: presto.
¡Qué ridícula farsa! ¡Qué afrentosa!
¡Qué engañifa de bobos! ¡Qué miseria
Por término de lucha tan gloriosa!
De reir y llorar larga materia
Damos al universo: aquí está el llanto
Y suenan carcajadas en Iberia.
De libertad el nombre sacrosanto
En boca de un gaznápiro insolente
Sólo produce destrucción y espanto.
Virgen del mundo, América inocente,
Bien entiende de vírgenes Quintana:
Llámela vieja, estólida ó demente.
No sólo contó en Chile el teatro con un gran promovedor español, como lo fué Mora, sino que los primeros actores de más valía fueron españoles también.
Cuando recibió el encargo de formar compañía D. Domingo Arteaga, era comandante del depósito de prisioneros, y tuvo la feliz ocurrencia de sacar de entre dicha gente actores, comparsas y sirvientes para su teatro.
Al coronel Latorre, prisionero en la batalla de Maipo, le nombró director, y de un sargento sevillano, llamado Francisco Cáceres, que se rindió con la guarnición de Valdivia, cuando lord Cochrane se apoderó de aquella plaza, hizo un primer galán celebérrimo y muy encomiado por su arrogante figura, por su voz argentina y briosa, y por otras brillantes prendas, que le convirtieron desde luego, y á pesar de su completa carencia de instrucción, en el favorito del público.