Se reprobaba en el teatro todo lo que era fútil, enervante y afeminador. Camilo Henríquez llegó á calificar de bufonada inmoral El sí de las niñas. Cuando así se trataba á Moratin, ya imaginará cualquiera cómo serían tratados nuestros autores dramáticos del siglo XVII: de fanáticos, serviles, inquisitoriales, absurdos, supersticiosos y ultramonárquicos.

Es divertidísimo seguir paso á paso, en el libro de Amunátegui, todas las peripecias de esta lucha entre clericales y anticlericales, ó más bien entre librepensadores y católicos, que se dió en Chile en torno de los teatros.

El librepensamiento se había encastillado en los teatros para combatir al clero desde allí. El clero propalaba que iba á caer fuego del cielo y abrasar los teatros. Desde éstos, en cambio, se arrojaban contra el clero tremendas diatribas.

La más ruidosa fué el Aristodemo, no la tragedia de Monti, sino otra compuesta por un poeta, creo que de Buenos Aires, llamado D. Miguel Cabrera Nevares. El Aristodemo estaba lleno de feroces declamaciones contra el sacerdocio. Para que á nadie le cupiese duda de que se aludía en la tragedia al clero católico, el Boletín del Monitor interpretaba las fuertes razones del filósofo Polignosto, que era quien llevaba la voz docente en la tragedia, la cual, según dicho Boletín, «difundía principios luminosísimos sobre el carácter de esos hombres viciosos, á quienes la ignorancia ha deificado, ofuscada con sus intrigas tenebrosas. El hombre ilustrado ve en el sumo sacerdote Cleofante al obispo de Roma, y en sus secuaces, al clero fanático, enriqueciéndose á costa de la necia credulidad.»

Con el Aristodemo hacía juego, por lo cómico, El abate seductor, donde se pintaba á un clérigo libertino y taimado. Los periodistas liberales excitaban á los padres de familia á llevar á sus muy caras hijas á ver dicha comedia para que estudiasen las malas artes y supiesen defenderse contra ellas, «pues son las mismas que han usado y usan los presentes abates de nuestro suelo».

No bastando estas representaciones, se hacían también peroratas anticlericales en verso, desde la escena. En Santiago, el actor D. Luis Ambrosio Morante, que era también poeta, aunque malo, recitó una, que empezaba:

¿Por qué será que en la era de las luces
Se haya de introducir el fanatismo?

Y en Valparaíso, la joven actriz española doña Emilia Hernández pronunció, entre salvas de aplausos, otra alocución á los chilenos, que, si bien detestable y pedestre como poesía, hemos de poner aquí por ser curioso documento:

El cielo os conceda ver
La libertad de conciencias.
Y á Chile vendrán las ciencias,
Como lo anunció Voltér.
Entonces ¡oh qué placer!
Las artes renacerán:
Todos á Dios amarán,
Aunque de diversos modos;
Pues siendo un Dios para todos,
Todos de un Dios gozarán.
Mas no quieras, suerte impía,
Que esta tierra fortunada,
Por el fanatismo hollada
Se encuentre como la mía;
En tal caso ¡ay! gemiría
En llanto y desolación,
Presa de la Inquisición,
De ese tribunal horrendo,
El más bárbaro y tremendo
Que inventara la opresión.
Mas yo, no estando en España,
Nada temo á los tiranos;
Y entre ilustres araucanos
Me burlaré de la saña
De ese hombre de fiera entraña,
De ese Fernando cruel,
De ese monstruo atroz é infiel,
Que causa mi mal eterno,
Y ha vomitado el Averno
Por ser aun peor que Luzbel.

Entre el tumulto de estas contiendas civiles, político-religiosas, que Bello y Mora procuraban moderar con más alta crítica, si bien inficionada por las pasiones y el espíritu liberalesco de entonces, nació y empezó á florecer la literatura dramática chilena.