—Yo misma, contestó la Princesa, iré al palacio en que viven y allí veremos. Tú me guiarás, lavanderilla.
Ésta, que no había terminado su narración, la terminó entonces, e hizo ver que no podía servir de guía.
La Princesa la escuchó con mucha atención, estuvo meditando un rato, y dijo luego a la doncella.
—Ve a mi biblioteca y tráeme el libro de Los Reyes contemporáneos y el Almanaque astronómico.
Venidos que fueron estos volúmenes, hojeó la Princesa el de Los Reyes, y leyó en alta voz los siguientes renglones:
«El mismo día en que murió el Emperador chinesco, su único hijo, que debía heredarle, desapareció de la corte y de todo el imperio. Sus súbditos, creyéndole muerto, han tenido que someterse al Kan de Tartaria.»
—¿Qué deducís de eso, señora? dijo la doncella.
—¿Qué he de deducir, respondió la Princesa Venturosa, sino que el Kan de Tartaria es quien tiene encantado a mi Príncipe para usurparle la corona? He ahí por qué aborrezco yo tanto al Príncipe tártaro. Ahora me lo explico todo.
—Pero no basta explicarlo; menester es remediarlo, dijo la lavandera.
—De ello trato—añadió la Princesa—y para ello conviene que al instante se manden hombres armados, que inspiren la mayor confianza, a todos los caminos y encrucijadas por donde puedan venir los correos que envió el Príncipe tártaro al Rey su padre, para consultarle sobre el caso del pájaro verde. Las cartas que trajeren les serán arrebatadas y se me entregarán. Si los mensajeros se resisten, serán muertos; si ceden, serán aprisionados e incomunicados, a fin de que nadie sepa lo que acontece. Ni el Rey mi padre ha de saberlo. Todo lo dispondremos entre las tres con el mayor sigilo. Aquí tenéis dinero bastante para comprar el silencio, la fidelidad y la energía de los hombres que han de ejecutar mi proyecto.