Y efectivamente, la Princesa, que ya se había levantado y estaba de bata y en babuchas, sacó de un escaparate dos grandes bolsas llenas de oro, y se las dio a sus confidentas.
Éstas partieron sin tardanza a poner en ejecución lo convenido, y la Princesa Venturosa se quedó estudiando profundamente el Almanaque astronómico.
VI.
Cinco días habían pasado desde el momento en que tuvo lugar la escena anterior. La Princesa no había llorado en todo ese tiempo, causando no poco asombro y placer al Rey su padre. La Princesa había estado hasta jovial y bromista, dando leves esperanzas a los Príncipes pretendientes de que al fin se decidiría por uno de ellos, porque los pretendientes se las prometen siempre felices.
Nadie había sospechado la causa de tan repentina mudanza y de tan inesperado alivio en la Princesa.
Sólo el Príncipe tártaro, que era diabólicamente sagaz, recelaba, aunque de una manera muy vaga, que la Princesa había recibido alguna noticia del pájaro verde. Tenía, además, el Príncipe tártaro el misterioso presentimiento de una gran desgracia, y había adivinado por el arte mágica, que su padre le enseñara, que en el pájaro verde debía mirar un enemigo. Calculando, además, como sabedor del camino y del tiempo que en él debe emplearse, que aquel día debían llegar los mensajeros que envió a su padre, y ansioso de saber lo que respondía éste a la consulta que le hizo, montó a caballo al amanecer, y con cuarenta de los suyos, todos bien armados, salió en busca de los mensajeros referidos.
Mas aunque el Príncipe tártaro salió con gran secreto, la Princesa Venturosa, que tenía espías, y estaba, como vulgarmente se dice, con la barba sobre el hombro, supo al instante su partida, y llamó a consejo a la lavanderilla y a la doncella.
Luego que las tuvo presentes, les dijo muy angustiada:
—Mi situación es terrible. Tres veces he ido inútilmente a tirar la naranja debajo del árbol, desde donde la tiró la lavanderilla; pero la naranja no ha querido guiarme al alcázar de mi amante. Ni le he visto, ni he podido averiguar el modo de desencantarle. Sólo he averiguado, por el Almanaque astronómico, que la noche en que la lavanderilla le vio, era el equinoccio de primavera. Acaso no sea posible volver a verle hasta el próximo equinoccio de la misma estación, y ya para entonces el Príncipe tártaro me le habrá muerto. El Príncipe tártaro le matará en cuanto reciba la carta de su padre, y ya ha salido a buscarla con cuarenta de los suyos.