Eumorfo.—Consagraré a tu servicio y asistencia ese par de horas diarias que dices.
ESCENA III.
DICHOS, MARINO.
Marino.—Una dama, que, si bien envuelta en velo argentino, deja traslucir que está dotada de majestuosa hermosura; una dama, cuyo traje de seda y cuyas joyas riquísimas manifiestan lo elevado de su clase, acaba de bajar de una silla de manos y se halla en la antesala aguardando que la recibas. Parece una diosa por el ritmo y la nobleza de su andar entonado y por el olor de ambrosia con que satura en torno el ambiente. ¿Le digo que aguarde?
Eumorfo.—¡Venerando maestro! La galantería exige que recibas luego a esa dama. Yo aguardaré en otro cuarto.
Proclo.—Bien está. (Señalando a Eumorfo la puerta de la izquierda.) Entra en aquel. (A Marino.) Di a la dama que no se detenga.
(Vanse Eumorfo y Marino.)
ESCENA IV.
PROCLO, ASCLEPIGENIA.
(Eumorfo asoma la cabeza de vez en cuando, ve, escucha y hace gestos de asombro durante toda esta escena.)