Proclo.—¡Deslumbrante aparición! ¿Quién eres? ¿Eres mortal o diosa?

Asclepigenia. (Alzando el velo y descubriendo el rostro.)—¿No me reconoces, Proclo?

Proclo.—¡Asclepigenia de mi corazón! ¡Cuán bella estás! Como el medio día vence al albor de la mañana, tu beldad de hoy vence a la beldad con que hace quince años resplandeciste en Atenas. No dudo que tu alma se habrá mejorado y hermoseado también.

Asclepigenia.—No lo dudes. También mi alma se ha mejorado y hermoseado.

Proclo.—Sea mil veces enhorabuena. ¿Y de quién es tu alma?

Asclepigenia.—En su unidad es del Uno. En todas sus facultades, virtudes, potencias y demás atributos, es siempre tuya.

Proclo.—¿Conque me amas?

Asclepigenia.—Te amo. Apenas supe que estabas aquí, he venido a buscarte.

Proclo.—Ya no hay peligro.

Asclepigenia.—Lo veo.