Proclo.—¿Viviremos juntos?

Asclepigenia.—¿Y por qué no? Poseo un magnífico palacio donde albergarte. Serás mi filósofo. Contigo, por medio de la contemplación, en alas del entusiasmo y del amor sin mácula, me arrobaré, me extasiaré y me perderé en el Uno.

Proclo.—Así sea.

Asclepigenia.—Ahora tengo que dejarte. No puedo faltar esta noche en mi palacio, donde aguardo visitas. Ve a instalarte allí desde mañana.

Proclo.—No aspiro a otra cosa.

Asclepigenia.—Como supongo que no te habrás venido sin los utensilios de tu profesión, mis criados se presentarán aquí con un carromato para la mudanza de todos los libros y trastos de hacer milagros, hablar con los muertos y atraer a los genios y demonios.

Proclo.—Eres mi providencia terrenal. ¿Cómo pagar tanto cuidado?

Asclepigenia.—Amándome.

Proclo.—Con el alma toda.

Asclepigenia.—Para despedida, te permito que me des un casto beso en la frente.