Proclo.—Te equivocas. Lo que hace la filosofía es reforzar las prendas que cada uno tiene. Al tonto no le vuelve discreto, ni al discreto tonto; pero al discreto le hace discretísimo, y al tonto tontísimo.
Eumorfo.—Salvo el merecido respeto, te declararé entonces que tú propio te condenas.
Proclo.—¿De qué suerte?
Eumorfo.—Porque mostrándote ahora tontísimo con toda tu filosofía, debiste de ser tonto en tu vida precientífica: tonto de nacimiento.
Proclo.—¿Y qué prueba he dado yo de esa tontería superlativa de que me acusas?
Eumorfo.—La prueba es tu amor sublime por Asclepigenia.
Proclo.—¿Qué sabes tú de eso?
Eumorfo.—Conozco a Asclepigenia muy a fondo.
Proclo.—Te alucinas. Quiero dar por supuesto que conoces las potencias de su alma, las cuales, en su efusión, han creado para ella un cuerpo tan hermoso; pero la esencia eterna de esa alma misma, que es lo que yo amo y por lo que soy amado, está en un punto inaccesible para ti.
Eumorfo.—¿Consientes que me valga de un símil?