Asclepigenia.—Le amo y le adoro. Se me figura que él es la última encarnación del maravilloso genio de Grecia. Amándole, se magnífica y ensalza todo mi ser, hasta considerarme yo misma como la ciencia, la poesía, la civilización griega personificada.
Atenais.—En efecto, Proclo es el príncipe de los filósofos. Tu padre Plutarco y mi padre Leoncio, notable filósofo también, le veneraban como superior a ellos. Comprendo, pues, que ames a Proclo.
Asclepigenia.—Una doncella tan sabia, educada con esmero en Atenas; una poetisa tan inspirada como tú, en quien veo renacer, en edad temprana, las altas prendas de Hipatia, no podía menos de comprender este amor mío que descuella sobre mis otros amores.
Atenais.—Es un dolor que no pueda ser el único.
Asclepigenia.—La culpa, hasta cierto punto, la tiene el pícaro misticismo. Por él nos separamos. Sin él hubiéramos vivido juntos, hubiéramos sido humanamente amantes y esposos, y ni yo hubiera caído, ni Proclo hubiera llegado a ser, con lamentable precocidad, y quedándose pobre, un vejestorio tan incapaz, y tan feo.
Atenais.—Tu propósito era difícil. No extraño que no hayas podido cumplirle. El temple de alma de la emperatriz Pulqueria es rarísimo.
Asclepigenia.—¿Qué temple de alma ni qué calabazas? Ella es emperatriz y no necesita de un Crematurgo.
Atenais.—¿Tiene acaso algún Eumorfo?
Asclepigenia.—¡Vaya si le tiene! Nadie lo ignora, menos tú, que estás en Babia, y Marciano, que hace la vista gorda.
Atenais.—¿Y quién es ese feliz mortal?