Estrado o parastasio rico y elegante en casa de Asclepigenia adornado con estatuas y pinturas, e iluminado con lámparas, unas pendientes del techo, otras colocadas sobre mesas délficas.
ASCLEPIGENIA Y ATENAIS.
(La primera aparece reclinada, casi tendida lánguidamente en un esquimpodio o silla-larga. Atenais, a su lado, en un taburete.)
Atenais.—¿Con que has visto a tu primer amor?
Asclepigenia.—Sí, le he visto. Me ha dado lástima. Está flaco, pálido, apergaminado. Y luego ¡qué sucio! Doy por cierto que en los quince años que ha vivido lejos de mí no se ha lavado una vez sola ni siquiera las manos.
Atenais.—Ese grave defecto tiene el espiritualismo o misticismo, que ahora priva y cunde. Parece que las virtudes a la moda exigen que sean puercos los virtuosos.
Asclepigenia.—Y no es eso lo peor, sino que se apodera de los ánimos una tristeza vaga y sofística que los enerva; tristeza que los antiguos apenas conocieron; un menosprecio del mundo y de las dulzuras de la vida, que despuebla las ciudades y puebla los desiertos; un desdén del bienestar y de la riqueza, que roba brazos a la agricultura y a la industria; y una mansedumbre resignada, que amengua el valor del ciudadano y del guerrero. Más que Atila y todos los bárbaros, me hacen prever estos síntomas la total ruina de la civilización. Pero volviendo a la suciedad y descuido en la persona, te aseguro que me ha dado grima ver a Proclo. Ofende toda nariz medianamente delicada.
Atenais.—Cruel inconveniente es ese si has de vivir con Proclo.
Asclepigenia.—Yo sabré remediarle. No me meteré en discusiones ni en consejos, sino que, a modo de broma, haré que mañana le cojan dos esclavos antes de comer, le soplen en un baño y me le laven y frieguen con pasta de almendra, y me le froten con aromoso diapasma. Él mismo se sentirá mejor después, y tomará la costumbre de lavarse.
Atenais.—Pero, declárate con franqueza; a pesar de está Proclo tan viejo, tan estropeado y tan sucio, ¿le amas todavía?