Autor.—Pues justamente es ésa una de las cosillas que me afligen: el que a V. le aflijan todas y le desesperen. De lo que antes yo gustaba más, en la filosofía alemana, era del optimismo. Desde el doctor Pangloss hasta hace poco (al menos yo así lo entendía) han venido siendo optimistas los grandes filósofos. El ser llorones se dejaba a los poetas exóticos, como Byron y Leopardi. En Alemania, ni los poetas siquiera eran quejumbrosos y desesperados. En el más grande de todos, en Goethe, celebro yo con singular contentamiento cierta alegría reposada y majestuosa y cierta olímpica serenidad. Pero ¡amigo mío! ¡cómo ha cambiado todo! Lo que ahora priva es la filosofía de la desesperación. La poesía la precedió en este camino, el cual, seguido poéticamente, confieso que me encantaba. Cuando yo era mozo y estudiante, ¿quién no hacía versos desesperados? Los versos desesperados eran como blasfemias y reniegos de las personas atildadas y cultas. Había uno perdido al juego la mesadita de 30 ó 40 duros que le enviaba su papá; había estudiado tan poco, que había salido suspenso y le habían dejado para el cursillo; la hija de la pupilera, o la pupilera misma, le había plantado y preferido a otro huésped; en cualquiera de estos casos, o de otros por el estilo, leer o hacer versos desesperados a lo Byron, a lo Leopardi o a lo Espronceda, era un desahogo, con el cual se quedaba sereno el vate o genio en agraz, y comía luego con más apetito que nunca. El asunto es mil veces más serio en el día. La desesperación no se muestra en jaculatorias y raptos líricos, más o menos elegantes y poco metódicos, sino que se deduce de todo un sistema dialéctica y sabiamente construido. Confiese V. que esto es lastimoso. Si el término del progreso no es la desesperación momentánea, poética y romántica de un poeta impresionable, sino la desesperación reducida a reglas y demostrada como una serie de teoremas de Geometría, convenga V. en que debemos maldecir el progreso. Aquí tiene V., pues, las dos cosillas que me afligen. Los dos artículos principales de mi fe filosófica quedan destruidos con la filosofía a la moda: la fe en el optimismo y la fe en el progreso. ¿No sería puerilidad ridícula alegar, como prueba del progreso, el que vamos ahora en ferro-carril o en tranvía, en vez de ir a pié o a caballo; el que los retratos en fotografía salen baratos; el que se teje con prontitud y primorosamente por medio de máquinas de vapor, y el que envíamos a decir a escape lo que se nos antoja por medio del telégrafo, si en lo esencial estamos, de un modo sistemático, pertinaz y dialéctico, desesperados y dados a todos los demonios?

Seelenführer.—¿Y por qué ha de ser puerilidad ridícula? ¿Quién, que penetre en lo esencial, cree que el progreso pasa de los accidentes a la esencia? El telégrafo, el vapor, la fotografía, los cañones rayados son, pues, el progreso.

Autor.—Yo entendía, sin embargo, que el objeto y fin de la filosofía era la bienaventuranza, y el término del progreso la perfección del hombre hasta llegar a la bienaventaranza deseada: a su ideal, en el sentido más lato. Así, pues, no puedo convencerme de que caminamos hacia la bienaventuranza, cuando veo que, no sólo estamos desesperados, sino que es tonto probadísimo, hombre ajeno a la filosofía, acéfalo o microcéfalo insipiente, el que no se desespera.

Seelenführer.—Esa desesperación, hoy más vivamente sentida que en otras edades, es la prueba más clara del progreso. Cuando el viandante va acercándose al fin de su jornada pica y da de espuelas a su caballo para acabarla pronto y descansar. Así el progreso, que va caballero en la humanidad, la pica y la espolea para que llegue y se repose cuanto antes.

Autor.—¿Y cuál es la posada a donde el progreso nos lleva?

Seelenführer.—Nos lleva a la nada; al fin del Universo y de toda la vida; a la extinción del egoísmo y al triunfo del amor, que es la muerte. No le quepa a V. la menor duda: la ciencia llegará a poder destruir toda esta pesadilla horrible del Universo, que es lo que nos conviene. En el no ser nos aquietaremos todos y cesará esta lucha incesante por la vida que traemos ahora, ya valiéndonos de la fuerza, ya de la astucia. ¡Cesará el dolor y se extinguirá el deseo! ¡Qué paz tan hermosa!

Autor.—Guárdesela V. para sí; que yo no la quiero.

Seelenführer.—Pues no hay otro remedio. Para todos vendrá. Es el único fin de nuestros males. La idea de Hegel, después de llegar a su total desenvolvimiento, por medio de mil y mil evoluciones y determinaciones, se replegará sobre sí misma con toda la plenitud del ser, sin algo que la límite y determine, y será el no ser. La esencia de los krausistas se realizará toda, y la realización de la esencia será la nada. La voluntad de Schopenhauer, este prurito, este amor primogenio, que lo ha sacado todo de sí, como representación y fantasmagoría, dará fin a la representación trágica de la vida, y lo volverá a encerrar todo en sí. Mientras llega este día dichoso, en que ha de acabar la vida, crea usted que los adelantamientos científicos sirven de mucho para hacerla menos intolerable.

Autor.—Póngame V. algún caso.

Seelenführer.—Pondré uno o dos de los más capitales, pero será menester cierta explicación previa.