Autor.—Porque estoy escribiendo un diálogo, donde Gopa, la mujer de Buda, es la heroína, y no sé cómo terminarle. Usted, que ya es casi budista, debe de tener vara alta con Gopa. ¿Podrá V. evocarla y hacer que yo hable con ella?
Seelenführer.—No hay nada más llano. Antes de todo, quiero que sepa V. que yo no soy un espiritista adocenado, sino el más ilustre de los espiritistas. Yo he hecho dar un paso gigantesco al espiritismo. En primer lugar, le he conciliado con mis ideas a lo Schopenhauer. Mi escepticismo, a fuerza de negarlo todo, nada niega. La misma duda cabe en que V. sea ilusión o realidad, que en que Gopa, aparecida ahora ante nosotros después de cerca de veinticinco siglos de muerta, sea realidad o ilusión. Los puros materialistas son necios. Por medio de combinaciones y operaciones físicas y químicas de lo que llaman materia, y donde sólo ven o pretenden ver la realidad, se jactan de explicar el espíritu, la voluntad, la inteligencia y el deseo, que ellos creen cualidades o resultados; y la verdad es que el resultado, tal vez aparente, es la materia, y que de la voluntad y del entendimiento, única cosa real, si hay algo real, es de donde procede todo. Así, pues, no hay fundamento alguno para negar que existan aún la mente y la voluntad individuales de Gopa, aunque los órganos que esta voluntad y esta mente se proporcionaron o se crearon para su uso, en cierta época dada, hayan desaparecido.
Autor.—De eso no tiene V. que convencerme. Yo creo en la inmortalidad de las almas. Lo que se me hace duro de creer es que ni V. ni nadie las evoque.
Seelenführer.—Yo no trataba de convencer a V. Quería sólo justificarme de haber incurrido en contradicción. Por lo demás, V. se convencerá de mi poder nigromántico. Gopa aparecerá y hablará con V. ahora mismo. No en vano me apellidan Seelenführer, que equivale en griego a Psicopompo o conductor de almas, epíteto dado a Hermes, tres veces grande, y a otros hábiles taumaturgos de la antigüedad.
Autor.—Y dígame V., ¿por qué medio se comunicará Gopa conmigo?
Seelenführer.—Por la perla de los medios. Mi medio es una paisanita de V., una lozana andaluza, cuyo nombre es Carmela, a quien hallé, cinco años ha, extraviada en Homburgo, haciendo sortilegios, que no le salían bien, al rededor de una mesa de treinta y cuarenta. Desde entonces está conmigo y se ha mediatizado, ejerciendo la mediania de un modo que no tiene nada de mediano, y sí mucho de nuevo. Yo embargo magnéticamente su espíritu, y queda su cuerpo como casa deshabitada, donde el espíritu evocado penetra, se infunde, y, valiéndose de los órganos de ella, emite la voz con sus pulmones y garganta, y articula palabras con su boca.
Autor.—Amigo mío, estoy encantado de oírle. Linda invención la de V. Eso sí que me gusta, y no aquella pesadez de los golpecitos en las mesas y de la escritura después. Vea yo cuanto antes a Carmela.
Seelenführer.—Aguarde V. un momento. (Hace ciertos ademanes y pases con las manos, como quien vierte por ellas diez chorros de fluido magnético.) Ya está Carmela dormida. Ahora evoquemos el espíritu de Gopa para que se infunda en el lindo cuerpo de Carmela. ¡Gopa! ¡Gopa!
(Se abre la puerta que debe de haber en el fondo, y Gopa aparece, toda vestida de blanco, muy guapa moza, aunque algo morena, y con los hermosos, largos y negros cabellos, sueltos por la espalda.)
Gopa.—¿Qué me quieres?