Seelenführer.—Que respondas a lo que este caballero te pregunte.

Gopa.—¿Qué he de responder? No: yo no quiero responder a nadie. Acabas de herirme, de emponzoñarme el corazón. Hace veinticinco siglos que gozaba yo con el recuerdo de Sidarta, noble, generoso y enamorado. Su último casto beso, el de la noche en que se despidió de mí, estaba en lo íntimo de mi ser como luz celestial que le iluminaba. Todo mi encanto se destruye ahora. Yo no he vuelto a ver a Sidarta. No he vuelto a saber de Sidarta en todo este tiempo. ¿Conseguiría su propósito? me he preguntado a veces. ¿Lograría escaparse de la esfera de la vida y hundirse en el nirvana? En el mundo de los espíritus me he encontrado con muchos espíritus, y nunca con el de Sidarta. He aprendido mil verdades. He conocido el error de Sidarta, pero mi afecto tenía razones para disculparle. En Capilavastu, allá en el centro de la India, seis siglos antes de que viniese al mundo Nuestro Señor Jesucristo, nada sabíamos de Dios; no alcanzábamos que hubiese un Ser omnipotente, bueno, infinitamente sabio, principio y fin de todas las cosas. Nuestros dioses eran los astros, los elementos, las fuerzas naturales personificadas; dioses ciegos, sin amor y sin inteligencia; sin libertad; esclavos del destino; inferiores a la naturaleza; muy inferiores a toda alma humana. ¿Qué mucho que con este ateismo por deficiencia, con este desconocimiento infantil del Ser supremo, y movido Sidarta de caridad sublime, imaginase su absurda aunque benévola doctrina? Pero en la culta Europa, en el siglo XIX, sabiendo ya cuanto los profetas de Israel han revelado, cuanto han especulado racionalmente los filósofos de Grecia sobre Dios personal, y cuanto nos han enseñado el Evangelio y la ciencia moderna, que de él dimana, es una mala vergüenza hacerse ateos, caer en la desesperación y retroceder al budismo. Imagina, pues, cuán hondo será mi dolor cuando en ti, que te llamas ahora el doctor Seelenführer, acabo de reconocer a mi Sidarta, a mi Sakiamúni y a mi Bagavat, porque todos estos nombres te dábamos. Tú no caes en ello; pero no lo dudes: tú fuiste el Buda y quieres volver a serlo. Entonces, como era en sazón oportuna, fuiste un grande hombre; hoy me pareces un charlatán o un mentecato, y o te desprecio, o te abomino. Adiós para siempre. Para siempre acabaron ya nuestros amores.

(El espíritu de Gopa abandona, a lo que puede inferirse, el cuerpo de Carmela, que cae por tierra como exánime.)

Autor.—¿Qué es esto, amigo Seelenführer? ¿Es verdad o mentira? Si es burla de Carmela, es burla harto pesada, y si son veras, las veras son más pesadas aún.

Seelenführer (atolondrado).—¿Si habré sido yo el Buda? ¿Si estaré loco? ¿Si se burlará de mí esta muchacha? (Se acerca a Carmela para levantarla del suelo.) Está fría como el mármol. ¡Qué desmayo tan horrible! ¿Si estará muerta? Carmela, Carmela, vuelve en ti.

Carmela (volviendo de su desmayo y levantándose.)¡Ay, Jesús mío!

Seelenführer.—Muchacha, respóndeme con franqueza. ¿Te has estado burlando de mí? ¿Qué diabluras son las tuyas?

Carmela.—¿Qué diabluras han de ser sino las que V. hace conmigo y que al fin han de costarme caras? He tenido una pesadilla feroz; me he caído redonda en el suelo, y estoy segura de que tengo el cuerpo lleno de cardenales.

Seelenführer.—¿Y no recuerdas nada de lo que has dicho?

Carmela.—Nada recuerdo. Déjeme V. ahora. Tengo necesidad de descanso.