Doña Brianda, D. Ramón, la hueste y los encubiertos.
D. Ramón.
Ya estás en salvo en mi casa.
Valientemente reñías
cuando acudí con mi hueste
y rechacé a la morisma,
haciendo tremendo estrago
en sus apretadas filas.
D. Tristán.
(Sin descubrirse.)
Mucha gratitud te debo. Sin ti perdiera la vida.
D. Ramón.
Descúbrete y di quién eres.
D. Tristán.
A estar oculto me obliga
la prudencia, mas a solas
te descubriré en seguida
quién soy y de dónde vengo.
Despide a tu comitiva.
D. Ramón.
¡Despejad!
(Vanse todos los guerreros y solo quedan los dos de los capuces y doña
Brianda.)
D. Tristán.
Aún queda alguien.
D. Ramón.
Esta es mi hermana querida.
D. Tristán.
Pues aunque sea tu hermana
haz que se vaya.
D. Ramón.
Hermanita
lárgate.
Doña Brianda.
Me largaré.
(Ap.) ¡qué sospecha, suerte impía!
¡Qué fatal presentimiento
en mi corazón se agita!
La voz del encapuchado,
la de D. Tristán imita.
¿Será D. Tristán acaso?
Yo me quedaré escondida
atisbando y escuchando
para descubrir la intriga. (Vase.)

ESCENA IV

Don Tristán, D. Ramón y Zulema. Doña Brianda entre bastidores
atisbando lo que pasa y asomando de vez en cuando la cabeza.
D. Ramón.
Solos ya, satisface mi deseo:
desembózate.
D. Tristán.
¡Mira!
D. Ramón.
¡Ay, Dios! ¡qué veo!
Don Tristán eres tú, mi amigo caro.
¿Por qué caso tan raro
te encontré solo en la tremenda lid,
más valiente que el Cid,
entre fieros paganos?
D. Tristán.
Yo me volvía a tierra de cristianos
después de estar en la imperial Granada,
de donde traigo a esta mujer robada.
Es mi dicha suprema,
es mi esposa, es mi bien,
es la hermosa Zulema,
hija mayor del rey Muley Hacen.
Contempla su hermosura.
(Don Tristán se dirige a Zulema, le quita el negro capuz y ella aparece
deslumbradora, con rico traje oriental, todo cuajado de oro y de piedras
preciosas.)
D. Ramón.
(Mirando a Zulema y como en éxtasis.)
¡Un sol en el zenit se me figura!
¿qué vas a hacer con tan sin par doncella?
D. Tristán.
Me casaré con ella
cuando esté en mi lugar y busque al cura,
que de antemano le dará el bautismo:
Ya una esclava católica
le enseñó el catecismo.
Ella está melancólica
porque deja a su padre y a su grey
en la maldita ley
del Profeta Mahoma,
que sin fallar los llevará al infierno.
D. Ramón.
Harto pesada broma
das tú entretanto al rey
con hacerte su yerno.
D. Tristán.
Déjate de discursos y razones.
D. Ramón.
Me callo, pues. Di tú lo que dispones.
D. Tristán.
Aquí pernoctar quiero
hasta que raye el matinal lucero.
Entonces prosiguiendo en mi camino
me volveré al castillo de D. Suero,
mi padre muy amado,
conduciendo a mi dueño idolatrado
sobre las ancas de mi fiel rocino.
Zulema.
¡Ah! sí, vámonos pronto, D. Tristán.
Temo que aún nos ocurra algún desmán.
D. Ramón.
No tema Vuestra Alteza,
que está segura en esta fortaleza.
Venid, pues, al mejor de mis salones
a descansar del hórrido combate,
y a lavaros también.
Después os servirán el chocolate,
con bollos de manteca, mojicones,
buñuelos y otras frutas de sartén. (Vanse.)

ESCENA V

Doña Brianda sola.
Doña Brianda.
¡Malvado! ¡traidor, infiel!
Por esa perversa mora
me deja quien me enamora
en abandono cruel.
Palabra de casamiento
me dio el impío hace un año.
¡Espantoso desengaño!
¡Todo se lo lleva el viento!
Pero no; ruda venganza
tomaré de ese salvaje.
Daré a la mora un brevaje
que le destroce la panza
y la vida le arrebate.
Mi criada, que es ladina,
esta esencia de estricnina
verterá en su chocolate.
(Enseña un pomo que tiene en la mano y se va por donde ha entrado.)

ESCENA VI

Sale D. Ramón por el lado opuesto, después de haber dejado lavándose a
sus dos huéspedes.
D. Ramón.
(Meditando.)
Confieso que me escama
el empeño que tiene D. Tristán
de ocultar a mi hermana que el galán
es él, en esta novelesca trama.
Catástrofes barrunto;
pero será mejor no cavilar.
A mis huéspedes quiero agasajar.
Haré que lleven chocolate al punto.
(Vase por el otro lado. Queda un momento la escena vacía.)

ESCENA VII

Aparece la criada con una bandeja, dos jícaras de chocolate y bollos, y
pasa de largo. Entra Doña Brianda.
Doña Brianda.
El veneno vertí ya
en la jícara espumante,
y dentro de breve instante
la mora le beberá.
De fijo reventará,
dando así satisfacción
a mi burlada pasión
y a mis espantosos celos,
y cumpliendo mis anhelos
de hacer a Tristán tristón.

ESCENA VIII