Dicha y D. Tristán que trae entre los brazos medio desmayada a
Zulema.
D. Tristán.
¡Qué espanto! ¡Qué maravilla!
Apenas bebe Zulema
el chocolate, se quema
cual si comiese morcilla
de la que echan a los perros
para darles cruda muerte.
¡Qué bien castiga la suerte
mis enamorados yerros!
Zulema.
¡Ay, D. Tristán! Yo reviento,
¿qué chocolate endiablado
es el que ahora he tomado?
¡Fuego en mis entrañas siento!
Doña Brianda.
¿Qué es esto, señor, qué pasa?
D. Tristán.
¡Que Zulema se me muere!
Doña Brianda.
Pues me alegro. Ella me hiere
y mi corazón traspasa
de los celos con la punta.
¡Infiel Tristán, asesino,
de ti me venga el destino
al dejártela difunta!
Zulema.
¡Yo me muero!
(Hace una horrible mueca, se desprende de entre los brazos de don
Tristán y cae muerta en el suelo.)
Doña Brianda.
Ya espichó. (Con júbilo feroz.)
D. Tristán.
¡Muerta está! ¡Trance funesto! (Tocándola.)
Doña Brianda.
Pues no me basta con esto.
Mi furia no se calmó,
y para vengarme más,
te haré saber que tu hermana
más que esa mora liviana
y peor que Barrabás,
se ha escapado con un moro
de la morada paterna
y está locamente tierna
ofendiendo tu decoro.
D. Tristán.
¿Qué me dices? ¡Maldición!
¡Ha de costarle la vida!
¿Dónde se encuentra?
Doña Brianda.
Escondida
la tengo en esta mansión.
Ella y el alarbe juntos
se esconden en el granero.
D. Tristán.
Voy a buscarlos y espero
que pronto estarán difuntos.
(Desenvaina la espada y echa a correr.)
ESCENA IX
Doña Brianda sola.
Doña Brianda.
Muertes hoy y guerra ruda
los celos producirán.
Ya habrá subido al desván,
y habrá encontrado sin duda
al moro y a doña Urraca.
Ya está la pobre aviada...
Tristán no envaina la espada
sin sangre, cuando la saca.
ESCENA X
Entra huyendo Doña Urraca, y D. Tristán persiguiéndola con la espada
desnuda.
Doña Urraca.
¡No me mates, hermano!
Tarfe se hará cristiano
y será mi marido:
Así quedará todo corregido.
D. Tristán.
No puedo perdonarte tu pecado.
¡Tú mi honor has manchado
con un perro sectario de Mahoma!
¡Toma el castigo que mereces! ¡Toma!
(Le da una tremenda estocada y doña Urraca cae muerta.)
Doña Brianda.
Mi agradable venganza va adelante.
ESCENA XI
Dichos y el moro Tarfe que entra furioso y con el chafarote
desenvainado.
Tarfe.
¿Dónde está ese tunante,
que por el intrincado laberinto
de esos mil corredores
se escabulló siguiendo a mis amores?
D. Tristán.
Aquí me tienes, moro majadero,
y ya en la sangre de tu amiga tinto
está mi fuerte acero.
Tarfe.
¡Pues vivo no saldrás de este recinto!
Pague tu desalmada
sangre, la que vertiste de mi amada.
(Riñen. Don Tristán atraviesa al moro de una estocada y el moro cae
muerto.)
ESCENA XII
Dichos y D. Ramón que entra apresurado.
D. Ramón.
¿Qué ocurre aquí? ¡Qué estruendo!
¡Qué horror! ¡cuántos cadáveres!
D. Tristán.
¡Oh, dura
inevitable ley del hado horrendo!
Doña Brianda.
¡Ay don Ramón! El mostruo que estás viendo
me burló con infame travesura.
Su palabra me dio de matrimonio,
y engañándome luego,
de ángel que fui, me convirtió en demonio,
y del infierno me lanzó en el fuego.
¡De mi horrible venganza estoy ufana!
D. Ramón.
(Dirigiéndose a D. Tristán.)
D. Tristán, o te casas con mi hermana,
o tu maldad te costará muy cara.
D. Tristán.
No puedo: un mar de sangre nos separa.
D. Ramón.
Pues aun la sangre me parece poca,
y esa tu negativa del casorio
a derramar la tuya me provoca.
D. Tristán.
Esto va a ser sobrado mortuorio,
pero es irresistible mi arrebato...
Defiéndete o te mato.
(Riñen los dos y ambos se hieren mortalmente y caen muertos en tierra.)
Doña Brianda.
Ya de mi celoso ahínco
el resultado me asombra;
en pie estoy como una sombra
entre cadáveres cinco.
De demonios un enjambre
muy pronto vendrá por mí.
Mi celoso frenesí
ha roto el vital estambre
de estos cinco personajes,
a quien yo tanto quería.
Ahora siente el alma mía
remordimientos salvajes.
No está bien, es indecente
que yo conserve el vivir,
cuando logré hacer morir
a tan buena y noble gente.
(Dirigiéndose al cadáver de D. Ramón.)
Perdona, hermano, perdona
si por mi culpa estás muerto.
(Dirigiéndose a doña Urraca.)
Aunque ya cadáver yerto,
estás, Urraca, muy mona.
(Dirigiéndose a Zulema.)
Y tú, gallarda Zulema,
¿qué culpa de amar adquieres
a quien para las mujeres
fue más dulce que la crema?
(A D. Tristán.)
¡Ay D. Tristán! de mi rabia
me arrepiento ya muy tarde.
¡Aún te adoro! Asaz cobarde
fuera la que así te agravia,
si en tan solemne ocasión
a vivir se resignara,
y al punto no se matara
con firme resolución!
(Saca el pomo del veneno.)
Aún se esconde en este frasco
gran cantidad de veneno.
Valiente soy... Daré un trueno;
me lo beberé sin asco.
(Apura todo el veneno que hay en el pomo.)
Ya me lo bebí; ya miro
de feos demonios un bando,
que están en torno esperando
que yo dé el postrer suspiro,
para ir en procesión,
con horrenda algarabía,
a llevarme a la sombría
honda cárcel de Plutón.
Allí expiaré mi delito
con fieras penas, mas antes
no quieran los circunstantes
castigarme con el pito;
sino que, para consuelo
de mi agonía mortal,
con aplauso general
se dignen calmar mi anhelo.
(Hace contorsiones horribles y cae muerta por virtud del veneno.)
FIN