—Todo menos eso—respondió D. Acisclo—. No me llama Dios por ese camino, y cualquier otro estado es bueno para servirle.

—Eso es indudable—dijo entonces doña Luz—. Yo no he creído nunca que a V. le pudiese entrar la manía de imitar a los solitarios penitentes; pero he pensado, como mis amigos, que usted medita y prepara, desde hace días, un cambio en su manera de ser y de vivir.

—Estas mujeres son el diablo—contestó D. Acisclo—. Nada se les oculta. Todo lo penetran. No quiero ni puedo ya negarlo. Voy a ser otro del que he sido hasta aquí. Confieso que la consideración del mérito de mi sobrino me ha servido de estímulo.

—¿No lo decía yo?—exclamó doña Manolita—. D. Acisclo, ¿se nos va V. a ir a la China o a la India a convertir infieles?

—Algo de eso hay—respondió el interrogado—. Infieles voy a convertir, pero sin salir por ahora de Villafría.

—¿Y cómo va a ser eso?—dijo doña Luz.

—Muy sencillamente—continuó D. Acisclo—. Ya saben ustedes que yo he sido y soy, dicho sea entre nosotros, desechando la modestia, un hombre bastante útil para mi patria. Yo hago prosperar la agricultura; aumento la riqueza; doy de comer a los pobres que trabajan; en fin, sirvo de mucho.

—No es menester que V. se alabe. ¿Quién no confiesa—dijo Pepe Güeto—, que V. es la providencia de Villafría?

—Pues bien; todo eso lo hago con el dinero que he sabido adquirir. Yo he tenido y tengo capacidad para adquirir dinero. Pero al ver que mi sobrino ha adquirido ciencia y gloria, he comprendido que el dinero no me bastaba, y que hay otras cosas que valen tanto casi como el dinero. La ciencia, por ejemplo. ¿Cómo adquirirla, sin embargo? Ya está duro el alcacer para zampoñas. Ya es tarde para que yo me engolfe en estudios. Hay otra cosa que me atrae, que me seduce, y no es tarde aún para que yo la adquiera.

—¿Qué será? ¿Qué no será?—murmuró doña Manolita.