—Adivínalo, muchacha; lúcete; muestra que ves crecer la hierba.
—Confieso que soy tonta: nada adivino. Ya que no aspira usted a sabio ni a santo, ¿a qué aspira?
—Aspiro al poder. El poder es el complemento del dinero. Quiero ser hombre político, personaje influyente, dueño de este distrito electoral, derrotando al cacique de la cabeza del distrito, que hoy lo puede aquí todo.
—¿Quién le mete a usted en esos ruidos, Sr. D. Acisclo?—dijo entonces doña Luz.
—Mis convicciones políticas—respondió don Acisclo con suma gravedad.
—¿Sus convicciones políticas? Me pasma lo que le oigo decir. Pues ¿de dónde provienen esas convicciones? Yo creía que usted no había pensado en política en todos los días de su vida.
—Entendámonos—replicó D. Acisclo—: en la política que sirve de pretexto o apariencia, es cierto que jamás he pensado; pero en la política-verdad pienso siempre.
—¿Y qué es la política-verdad?
—La política-verdad es que todos los que formamos la nación española damos al Gobierno cada año, por diferentes maneras, más de la mitad de lo que la tierra, nuestro trabajo y nuestro caletre producen. El Gobierno luego, ya en forma de pagas, ya en forma de subvenciones, ya en otras formas, reparte todo esto entre sus amigos. De esta suerte, lo que absorbe el Gobierno como contribución, se derrama de nuevo como benéfica lluvia. ¿No es necedad que yo pague y no cobre? ¿No es bobada que yo contribuya y no distribuya? ¿No sería más discreto que yo imitase a Don Paco, el grande elector de este distrito, que paga diez y saca ochenta? Pues qué, ¿no tengo yo sobrinos, hijos y ahijados a quienes dar turrón? ¿Una gran cruz, no me vendría que ni de molde? ¿El tratamiento de excelencia se me despegaría? En vez de pagar mucho, como pago ahora, y de no recibir nada, como no recibo, ¿no me sentaría divinamente pagar menos, y recibir con usura lo pagado y más de lo pagado? Pues esto es la política, y por esto quiero meterme en la política. ¿Qué digo quiero meterme? Metido estoy ya en ella hasta los codos.
Doña Luz distaba mucho de creer que la política fuese lo que por política entendía D. Acisclo: pero, viendo lo convencido que él estaba de que no era otra cosa, y notando además que Pepe Güeto y su mujer no distaban mucho de pensar como don Acisclo, no quiso predicar en desierto ni tratar de convencerlos de que el verdadero concepto de la política era muy diferente. También le chocó sobremanera el tortuoso giro de pensamientos y discursos, por donde la mente de D. Acisclo, partiendo de las homilías, disertaciones filosófico-cristianas y demás sublimidades del Padre, había venido a parar en que debía él ser hombre político, a fin de pagar menos contribución y de tomar mucha distribución.