Sobre este último punto no pudo menos de decir doña Luz:
—Aun concediendo, que ya es harto conceder, que la política sea como V. la entiende, todavía me pasmo, Sr. D. Acisclo, de que, en virtud de los razonamientos de su sobrino de V., haya venido V. a sacar como consecuencia la resolución de ser político y de derrotar a D. Paco, poniéndose en lugar suyo.
—Pues mire V., señorita doña Luz—respondió don Acisclo—, no hay nada más llano que el camino de discurrir que yo he seguido. Enrique me ha dado ánimos sin él saberlo. Por él he comprendido que en mi familia hay brío para todo. Él es santo y sabio: hombre teórico: yo soy rico. ¿Por qué no he de ser también influyente, a fin de ser el hombre práctico por completo? ¿No hubo en lo antiguo, en una sola familia, Marta y María? Pues ¿por qué ahora, en otra familia, salvo la diferencia de sexo, no hemos de ser él María y yo Marta; él el contemplativo y yo el activo?
—Bien por D. Acisclo—dijo Pepe Güeto.
—Y vaya si tiene razón: ya sabe él dónde le aprieta el zapato—añadió doña Manolita.
—No, sino pónganme el dedo en la boca—exclamó don Acisclo—, y verán si muerdo o no muerdo. Pues qué, ¿un hombre de mis millones, y con un sobrino tan notable, ha de estar toda su pícara vida humillado por ese tunante de D. Paco, a quien da el diputado cuanto pide y más?
—Nada de eso, Sr. don Acisclo—dijo Pepe Güeto, dejándose arrebatar del entusiasmo—. Es menester sacudir el yugo.
—¡Muera D. Paco el tirano!—gritó doña Manolita riendo.
—Ya se entiende que la muerte ha de ser meramente política y no civil ni natural—interpuso doña Luz.
—¿Y cómo se va V. a componer para matarle políticamente?—preguntó Pepe Güeto.