La hija del médico, única persona que podía penetrar hasta allí sin permiso de nadie, había entrado, sin que doña Luz, embebecida en sus devociones, notase su presencia.

Doña Manolita contempló, pues, a todo su sabor el ferviente rezo de su amiga y la efusión de suspiros y de lágrimas con que hubo de terminarle. Entonces, sin detenerse más, se arrojó en sus brazos y enjugó con besos las lágrimas que humedecían su rostro.

—¿Qué es esto? ¿Por qué lloras así?—dijo doña Manolita.

Y sin contestar a la pregunta, preguntó a su vez doña Luz.

—¿Cómo te has entrado hasta aquí? ¿Qué te trae a verme tan de mañana? ¿Por qué me has sorprendido?

—Perdona que te haya sorprendido; perdona que haya interrumpido tus oraciones. Ya sabes tú que yo no madrugo para ti sino cuando tengo que comunicar contigo algo de muy importante. Quizá desde el día en que te di parte de mi proyectada boda con Pepe Güeto, no he usado hasta hoy de la licencia que tengo de venir aquí de mañana.

—Así es la verdad, pero yo no me quejo de que vengas. Yo me alegro de que hayas venido. Lo que hago es extrañarlo, por lo mismo que de mañana no vienes nunca. ¿Qué nueva, pues, no menos importante que el anuncio de tu boda, puede hoy moverte a visitarme tan temprano?

—Vengo aquí de embajadora: te traigo un recado que arde en un candil.

—¿De quién es el recado?

—Del Sr. D. Jaime Pimentel—dijo doña Manolita.