—El rubor coloró el semblante de doña Luz, quien no acertó a disimular con su amiga íntima el contento y la satisfacción de amor propio que aquello le causaba.

—¿Qué recado, qué embajada me traes? ¿Es alguna burla tuya, o de D. Jaime Pimentel?

—Nada de burla. Esto va de veras y muy de veras. Don Jaime te idolatra.

—¿Y por qué no me lo ha declarado? ¿Tan tímidos son en el día los caballeros cortesanos que no se atreven a declararse ellos mismos?

—No le culpes. Don Jaime no peca ciertamente por timidez. Él lo explica todo de un modo satisfactorio. Dice que una declaración directa de su parte requería mucho más tiempo; no podía ser tan brusca y repentina. Era menester espiar la ocasión, preparar tu ánimo sin valerse de precipitados galanteos que tu severidad rechaza, y en tres días, por bien que él los aprovechara, no cabían tantos trámites y preparaciones. Por esto me ha buscado a mí. Anoche, al salir de tu casa, me acompañó hasta la mía, y tuvo conmigo una larga conferencia. Bien te lo había yo pronosticado. Le diste flechazo. Está loco de amor por ti, y me pide que por él interceda.

—¿Qué delirio es ese?—exclamó doña Luz—. ¿Lo ha reflexionado D. Jaime? ¿Sabe que con un corazón como el mío no se juega? ¿Ha pensado bien que yo no puedo ser objeto de un capricho efímero, sino de una pasión que decida del porvenir de la vida toda?

—Si D. Jaime no lo supiera, no hubiera acudido a mí. Si no hubiese formado un propósito para toda la vida, propósito cuya realización de ti sólo depende, no vendría yo a hablarte en su nombre.

—¿Sabe D. Jaime que soy pobrísima?

—Conoce con exactitud los bienes que posees.

—Es singular—dijo doña Luz—. Te lo confieso: yo tenía de mí misma y de los hombres mucha peor opinión. No me sentía capaz de inspirar amor tan desinteresado a quien la ambición seduce y sonríe, halaga la fortuna, y quieren y miman en Madrid, a lo que aseguran, las más altivas y bellas mujeres. No pensaba yo tampoco que así, de repente, pudiese enamorarse un hombre con tal desinterés.