—Pues no lo dudes: don Jaime te ama de esa manera. Dime tú si le correspondes.
—No sé qué contestar. Mi gratitud es inmensa. Antes de la gratitud, antes de que hubiese motivo para tenerla, ¿por qué ocultártelo? la elegancia de don Jaime, su discreción, su fama de valeroso soldado, la noble gallardía de su persona, todo me inclinaba a quererle bien y mucho; pero el recelo de no ser amada sublevaba mi orgullo, y mi orgullo ha hecho cuanto es posible para ahogar esta inclinación naciente.
—Y ahora que sabes ya lo bien pagada que es tu inclinación, ¿qué sientes?, ¿qué piensas de D. Jaime?
—Siento y pienso... que no debo dar en seguida un sí de que tal vez no haga él mucho aprecio si con tal facilidad le obtiene. Además, no basta ser amada. Es menester pensar en el término de estos amores.
—¡Hija mía! ¿Qué otro término pueden tener sino el de que os case el cura?
—Es cierto; y eso precisamente me obliga a meditar mucho. Yo soy muy rara de carácter. No quiero que nadie me ame por conveniencia, y me repugna también que alguien imagine que la conveniencia influye en el amor mío. Si yo me casase con D. Jaime, pobre como soy, ¿no podría alguien imaginar que me excitaban a este enlace el afán de salir de Villafría e ir a Madrid, la posición del novio, sus grandes esperanzas, y hasta las mismas ventajas materiales de que ya goza? Él, por otra parte, no es rico para nuestra clase, y preveo los apuros, las dificultades económicas, la horrible prosa del hogar doméstico, sin recursos suficientes. Esto me arredra. Y no me arredra por mí, si atiendo sólo al bienestar material, sino porque me sonrojo de pensar que pueda yo ser causa de que un hombre viva lleno de ahogos. Si él se quedase conmigo aquí, me sacrificaría su ambición, su carrera, su porvenir. Si él me llevase a Madrid en su compañía, viviríamos muy mal, haría yo acaso muy triste figura en las sociedades que él frecuenta, y ¿quién sabe si esto le movería a que dejase de amarme? ¿quién sabe si cansado de mí acabaría hasta por cobrarme odio?
—Veo que alambicas demasiado y te complaces en atormentarte y en crear obstáculos para lo que más deseas.
—¿Y quién te afirma que lo deseo? Yo misma lo ignoro; tengo mis dudas: no veo claro en el fondo de mi alma. ¿Será la vanidad satisfecha, será el pueril contento de verme querida de persona de tanto valer, lo que me induce a pensar que yo también la quiero? ¿Qué es amor? ¿Es amor esto que siento en mi alma y que me lleva hacia ese hombre? Mira, Manuela, ¿por qué no decírtelo todo? Todo esto es tenebroso y confuso. Hay otro hombre de cuyos labios estoy pendiente cuando habla, cuyo talento me asombra, cuya superioridad intelectual me subyuga, cuyas virtudes me llenan de maravilla y de entusiasmo, cuyo fondo de bondad altísima percibo claramente allá en las profundidades de su corazón, y ya sabes mi enojo, mi repugnancia a que se piense que ni un solo instante puedan confundirse con algo parecido al amor los sentimientos que ese hombre me inspira y que yo le inspiro sin duda. Con D. Jaime ocurre lo contrario; apenas le conozco; no sé si es bueno o si es malo; su entendimiento me parece de menos quilates, y sin embargo, me siento arrastrada hacia él. ¿Amo acaso en él el amor que muestra y que tanto me lisonjea? ¿Lo que en el otro me repugna, lo que mata el amor es sólo el respeto a las leyes que le prohíben?
—No te comprendo—interrumpió doña Manolita—. Ya no eres tan criatura que no sepas lo que es amor, ni atines a descubrirle en tu pecho. ¿No es brioso, bello, valiente, pulcro y discretísimo D. Jaime? ¿No es libre? ¿No te ama? ¿No te da pruebas de amor, decidido, como está y como me ha dicho, a casarse contigo? ¿No es un caballero bien nacido y honrado? Pues entonces ¿a qué todas esas quintaesencias y marañas sutiles con que te devanas los sesos? Dile que sí; ámale; cásate con él y verás cuán dichosa eres. Da esperanzas al menos de que le amarás, si no quieres dar un sí completo y redondo desde el principio. Con estas esperanzas, él lo promete, no se irá a Madrid y permanecerá en Villafría. Buscará un pretexto plausible para no irse. Dirá que se queda para comprar quince aranzadas de olivar, que lindan con las suyas, y para cuya compra está ya en tratos.
—Lo que me aconsejas es vulgar; perdona mi crudeza de expresión: es feo. Yo no debo dar esperanzas de una cosa de que yo misma no esté segura. Y si estoy ya segura de ello, es artificio ridículo ocultarlo y dar esperanzas, e ir descubriendo poco a poco mi corazón. Si no amo a D. Jaime, no debo engañarle con esperanzas inciertas. Preténdame él y trate de conquistar mi voluntad y de rendirme, sin que yo le aliente con esperanzas. Y si le amo, debo ser franca y decírselo luego, ya que me ama él. Aunque dé poca estimación a un sí tan fácil y tan pronto, debo darle ese sí.