—Nadie más.
—¿Está V. seguro?
—Lo estoy.
Don Gregorio continuó luego su narración en estos términos:
—El cielo quiso que se cumplieran, no diré los deseos, los planes de nuestra bienhechora. El Conde murió hace poco más de mes y medio. Cosa de milagro parece el que la Condesa, tan padecida y acabada como se hallaba, pudiese sobrevivirle. La fuerza de voluntad vale mucho. La Condesa sobrevivió, se diría que expresamente para cumplir su resolución y morir también luego.
—¿Ha muerto mi madre?—exclamó doña Luz con lágrimas en los ojos.
—Ha muerto.
—¡Y sin llamarme a sí, sin verme, sin darme un abrazo!...
—La Condesa lo ansiaba, pero al propio tiempo lo temía. Se avergonzaba de llamar a sí a quien al presentarse como madre tenía que declarar su culpa, y, ella lo decía, su deshonra. Dudaba de que una hija, a quien, fuese por lo que fuese, ni había criado, ni visto, ni acariciado nunca, la pudiese querer. Recelaba hallar frialdad, tibieza al menos, en su hija. No creía en la misteriosa fuerza de la sangre. En ella sí, porque sabía que su Luz vivía, porque la había estado amando durante tantos años; pero en su Luz, a quien se le revelase de repente que tenía madre en Madrid, ¿qué cariño súbito, qué ternura podía esperar? Esto, al menos, pensaba la señora Condesa. Y sobre todo, por lo mismo que amaba a su hija, tenía vergüenza, le causaba sonrojo la idea sólo de presentarse a ella. El qué dirán, el temor de que la gente se enterase, era también rémora de su deseo. Por último, la Condesa, a poco de muerto su esposo, cayó en cama con una grave enfermedad, y apenas tuvo tiempo para tomar sus disposiciones y cumplir lo prometido. Después vivió algunas semanas, pero trastornada, sin pleno conocimiento ni memoria de las cosas y de las personas. Luego murió.
Doña Luz dio muestras de verdadero dolor y de emoción profunda. Don Gregorio permaneció algunos minutos en silencio religioso, y respetando aquel tributo de pena dado por una hija a la memoria de una mujer, a la cual (si bien no la había conocido) debía la vida.