Después dijo D. Gregorio, tomando ya la entonación fría del hombre de negocios:
—Señora Marquesa, yo soy albacea de la difunta y fideicomisario con expreso fideicomiso en favor de usted. Todo está ya en regla, porque yo no me duermo. Todo se va ordenando del modo más a propósito para que se hable, se comente y se murmure lo menos posible. Las mandas están repartidas; mi mujer ha tomado una linda suma: los parientes del Marqués han recibido joyas, dinero y fincas. Queda aún por entregar lo mejor de la herencia. Tengo en mi poder los papeles y documentos que acreditarán a V. como propietaria de los fondos públicos que tenía la Condesa en diferentes casas de banco de París, Londres y Francfort. Todo ello importa no recuerdo cuánto en valor nominal, pero en efectivo asciende a la friolera de diez y siete millones de reales vellón y un piquillo. Cuando la señora Marquesa guste, le haré la entrega y se enterará de todo por menudo.
—Señor D. Gregorio, ya V. sabrá que estoy casada. Aguardaremos a que venga mi marido para aceptar la herencia. Él se entregará de todo como dueño y señor. Dentro de tres o cuatro días vendrá de Madrid. Entre tanto, esta casa es bastante grande para que V. se hospede en ella.
El Sr. D. Gregorio Salinas aceptó la invitación, juzgándose muy honrado, y trasladó a un cuarto, que le prepararon en el caserón de doña Luz, la maleta que había dejado en la detestable posada del lugar.
Doña Luz, en tanto, aunque triste por la muerte de su madre y por la historia melancólica que había oído contar, cedía a la flaca condición humana, y se alegraba de verse tan rica. Y lo que más la complacía era pensar en todos aquellos millones como en un espléndido presente, poco menos que llovido del cielo, que ella iba a hacer a su D. Jaime, cual merecido premio del amor desinteresadísimo con que él le había dado su mano y su nombre.
-XX-
La carta misteriosa
La llegada de un forastero, con especialidad si el forastero gasta levita y colmena, esto es, sombrero de copa alta, es siempre un acontecimiento extraordinario en todo lugar de tierra adentro en Andalucía. La curiosidad se excita vivamente, y no hay nadie que no pregunte: «¿A qué habrá venido por aquí este señor?».
Esto preguntaban los villafrianos o villafriescos apenas vieron a D. Gregorio. Y la curiosidad se decupló, o poco menos, cuando se supo que el tal don Gregorio había ido a albergarse en casa de doña Luz.