El rostro de doña Luz se trastornó. Un paroxismo histérico bien marcado se apoderó de ella.
Los sollozos se mezclaron pronto con la risa, y por último, doña Luz cayó al suelo como desplomada, y allí se agitó en fuertes convulsiones.
Don Acisclo tocó entonces la campanilla, llamó a voces a la gente de casa, y acudieron D. Gregorio, Juana, Tomás y otros criados.
Todos se aterraron.
Las convulsiones seguían.
Juana mandó llamar al médico D. Anselmo.
Este, con los recursos de su arte, y obrando también la naturaleza, logró volver la calma a doña Luz, la cual quedó muy postrada.
Don Acisclo y todos los allí presentes se quedaron con el deseo de averiguar la causa moral, como sin duda la hubo, de aquel ataque repentino, tan ajeno a la robustez y condición sana de la marquesa de Villafría.
Doña Manolita vino a ver a la enferma, y doña Luz tampoco le confió nada.