Antes de las diez de la mañana, una hora después del almuerzo, Clara se retiraba á su cuarto y Doña Blanca se quedaba sola en la sala donde estaba de diario.

El padre se puso en marcha en punto de las diez llevando al Comendador en pos de sí. Entraron en el zaguán, y el padre dió dos aldabonazos.

La voz de una criada gritó desde arriba:

—¿Quién es?

—Ave María purísima. Gente de paz, —contestó el padre.

La moza, que reconoció la voz, tiró del cordel desde un balcón del piso principal que daba al patio. Con este cordel se abría la puerta sin bajar la escalera.

La puerta se abrió, y entraron el Comendador y el fraile, sin que los viese nadie, ni la misma criada que les había abierto, pues entre el patio, á donde daba el balcón en que se hallaba la criada, y la puerta de la calle, había otro zaguán, del cual arrancaba la escalera principal ó de los señores.

No bien entró el P. Jacinto con su compañero, cerró de nuevo la puerta y dijo en alta voz:

—Dios te guarde, muchacha.

—Dios guarde á su merced, —contestó ella.