Entonces el Comendador y su guía subieron rápidamente la escalera. Ya en la antesala, donde tampoco había un alma, dijo el fraile á D. Fadrique, señalándole una puerta:

—Allí está Doña Blanca. Entra… háblale; pero ten juicio.

Don Fadrique, con ánimo decidido, con verdadero denuedo, se dirigió á la puerta señalada, entró, y la volvió á cerrar.

No bien desapareció D. Fadrique, llegó la criada.

—¡Hola! —dijo el P. Jacinto.— ¿Está Doña Blanca sola?

—Sí, padre. ¿No entra su merced á verla?

—No; más tarde. Déjala tranquila. No entres ahora, que estará ocupada en sus negocios. No la distraigamos. ¿Está Clarita en su cuarto?

—Sí, padre.

—Ea, vete á tus quehaceres, que yo voy á ver á Clarita.

Y, en efecto, el P. Jacinto y la criada se fueron por su lado cada uno.