—Lo hecho, hecho está. Yo no gusto de arrepentirme. Yo no deshago mis promesas. Yo no me vuelvo atrás nunca. Lo que prometí á D. Casimiro y él ha aceptado, tiene que cumplirse. Pero, ¿qué enfermedad es esa de Doña Blanca? ¿Sigue Clara poseída de su lúgubre locura? Voto á todos los demonios y condenados que hay en el infierno, que jamás hubiera yo podido soñar que iba á ser víctima de tan enrevesados sentimentalismos.

El Comendador se paseaba á largos pasos por la estancia. El padre le miraba con pena y algo aturdido.

En esto, Lucía, que había visto entrar al padre, asomó la rubia y linda cabeza á la puerta, que había quedado entornada, y dijo con dulce ansiedad.

—Tío, ¿qué hay de nuevo?

—Nada, niña. Por Dios, déjanos en paz ahora que vamos á tratar asuntos muy graves.

Lucía se retiró, lastimada de inspirar tan poca confianza.

XXVI

Cuando el padre y el Comendador se quedaron solos de nuevo, cerró éste la puerta é interrogó al padre en voz baja sobre lo que había oído á Doña Blanca, sobre lo que había hablado con Clarita; pero nada sacó en limpio.

El P. Jacinto parecía otro del que antes era. Mostrábase preocupado; buscaba evasivas para no contestar á derechas: sus misterios y reticencias daban á su interlocutor una confusa alarma.

Al fin tuvo D. Fadrique que dejar partir al fraile, sin averiguar nada más que lo que ya sabía.