Doña Blanca llamó á D. Valentín, le abrazó y le suplicó que la perdonase. D. Valentín, muy afligido y lloroso, y no menos humilde, contestó que nada tenía que perdonar; que él era el culpado, pues no había sabido hacer dichosa á una mujer tan santa y tan buena.

El rostro macilento de Doña Blanca se tiñó entonces de ligero rubor. Sus labios exhalaron un triste suspiro.

Á Clara la llamó á sí Doña Blanca, le dió un beso en la frente, y le dijo al oído con acento apenas perceptible:

—Di á tu padre que le perdono. Tú, hija mía, sigue los impulsos de tu corazón. Eres libre. Sé honrada. No te cases si no le amas mucho. Mira no te engañes. Lo sé todo… Me lo ha dicho el padre Jacinto. Si le amas y merece tu amor, cásate con él.

Pocos instantes después exhaló Doña Blanca el último suspiro, diciendo con ahogada y sumisa voz:

—¡Jesús me valga!

El dolor de Clara fué profundo. Silenciosamente lloró la muerte de su madre.

Lucía lloró también y trató de mitigar con su afecto el dolor de su amiga.

El P. Jacinto, acostumbrado al espectáculo de la muerte y familiarizado con ella, cerró piadosamente los ojos y la boca de la difunta, que se habían quedado abiertos; puso sus manos en cruz, y la extendió en el lecho.

El débil D. Valentín, cuando vió muerta á su mujer, sintió por un lado una pena muy viva, porque todavía la amaba; pero, por otro lado, según aseguran malas lenguas, que siempre están de sobra, advirtió cierto alivio, cierto desahogo, cierto infame deleite en su alma, como si le quitaran un enorme peso de encima, como si le libertaran de la esclavitud. Tan opuestas pasiones, batallando dentro de su nerviosa y débil constitución, le hicieron romper en risa sardónica. Después se asustó de sí mismo; se creyó peor de lo que era, tuvo miedo del diablo; tuvo vergüenza de que Dios, que todo lo ve, viese la sucia fealdad de su conciencia, y se compungió y amilanó. Acudieron entonces á su memoria los amores pasados, los dulces días de la ilusión, el tiempo en que su mujer le quería; y todo ello enterneció por tal arte aquel pecho nada varonil, que el desgraciado se deshizo en lágrimas, dando sollozos, gemidos y hasta gritos, moviendo á gran compasión el verle y el oirle.