El P. Jacinto llevó á D. Fadrique la noticia de la catástrofe.

Don Fadrique, retirado en su cuarto, aguardaba siempre con ansiedad noticias de la enferma. Esta vez, al mirar al P. Jacinto, el Comendador leyó en su rostro lo que había ocurrido.

—Ha muerto, —dijo el Comendador.

—Ha muerto, —respondió el fraile.

El Comendador no replicó palabra. Inmóvil, de pie, callado, sintió un dolor mezclado de remordimiento. Dos gruesas y amargas lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Te ha perdonado —dijo el P. Jacinto.

—¡Ah, padre!… yo no me perdono… Me sería menos insufrible en la memoria el recuerdo de una afrenta no vengada… de una vileza en que yo hubiese incurrido… de una mancha en mi honor… En cualquiera otro caso me sería más fácil conciliarme conmigo mismo. Aunque Dios me perdone… yo no me perdono.

XXX

Á los seis meses de la muerte de Doña Blanca, en pleno invierno, se reunían todas las noches en torno del hogar, en el piso alto de la casa del mayorazgo D. José López de Mendoza, á más de su mujer y de su hija Lucía, el Comendador D. Fadrique, el viudo D. Valentín, Clara y á veces el padre Jacinto.

El joven D. Carlos de Atienza había estado dos ó tres veces en Sevilla á ver á sus padres; pero en seguida se había vuelto. Tenía abandonada la Universidad; no pensaba en los estudios ni en la carrera. Habíase consagrado enteramente á idolatrar, á consolar, á adorar á Clarita, á quien ya veía sin dificultad, de diario.