Don Fadrique había reparado en todo. Como la mayor parte de los distraídos, era muy observador, y prestaba atención intensa cuando se dignaba prestarla.
Los versos le parecieron regulares, no inferiores á los de Meléndez, aunque, ni con mucho, tan buenos como los de Andrés Chénier, que había oído en París. Lo que es el chico le pareció muy guapo.
Advirtió también, con cierto gusto mezclado de zozobra, que Lucía, su sobrina, había escuchado con ademán y gesto propios de quien entiende la poesía, y con cierta afición, que no atinaba él á deslindar si era meramente literaria, ó reconocía otra causa más personal y más honda.
Por lo pronto, en consecuencia de tales observaciones, calificó á su sobrina, de quien hasta entonces apenas había hecho caso, de bonita y de discreta. Se puede decir que la miró concienzudamente por primera vez, y vió que era rubia, blanca, con ojos azules, airosa de cuerpo y muy distinguida. De todos estos descubrimientos no pudo menos de alegrarse, como buen tío que era; pero hizo, ó creyó haber hecho, otros descubrimientos, que le mortificaban algo. "Tal vez serán cavilaciones", decía para sí.
En punto de las diez se acabó la tertulia.
Sola ya la familia, Doña Antonia convocó á los criados, y en compañía de todos, y en alta voz, se rezó el rosario.
Por último, no bastando el chocolate y el refresco, que pudiera pasar por merienda, para gente que comía entonces poco después de mediodía, se sirvió la indispensable cena.
Durante este tiempo D. Fadrique buscó y encontró ocasión de tener un aparte con su sobrina, y le habló de este modo:
—Niña, veo que te gustan los versos más de lo que yo creía.
Ella, poniéndose muy colorada y más bonita desde la primera palabra que el tío pronunció, respondióle, algo cortada: