—¿Y por qué no han de gustarme? Aunque criada en un lugar, no soy tan ruda.

—Basta con mirarte, hija mía, para conocer que no lo eres. Pero el que te gusten los versos no se opone á que puedan gustarte los poetas.

—Ya lo creo que me gustan. Fr. Luis de León y Garcilaso son mis predilectos entre los líricos españoles, —dijo Lucía con suma naturalidad.

Casi se disipó la sospecha de D. Fadrique. Parecía inverosímil tanto disimulo en una muchacha de diez y ocho años, que rezaba el rosario todas las noches, iba á misa y se confesaba con frecuencia.

Don Fadrique no tenía tiempo para rodeos y perífrasis, y se fué bruscamente al asunto que le mortificaba.

—Sobrina, con franqueza: ¿los versos que hemos oído los ha compuesto D.
Carlos para tí?

—¡Qué disparate! —respondió Lucía, soltando una carcajada.

—¿Y por qué había de ser disparate?

—Porque nada de aquello me conviene: porque yo no soy Clori.

—Bien pudieras serlo. El poeta no describe á Clori. Afirma vaga é indeterminadamente que Clori es bella, y tú eres bella.