—Gracias, tío; V. me favorece.

—No; te hago justicia.

—Sea como V. guste. Pero dígame V., ¿de dónde sacamos á mi viejo rabadán? porque yo no doy con él.

—Pues mira, yo creí haberle encontrado.

—¿Cómo, tío, si no estaba en la tertulia más que el señor cura?

—Y yo, ¿no soy nadie?

—¿Qué quiere V. decir con eso?

—Quiero decir que tengo cincuenta años, que te llevo treinta y dos, y que no estoy loco para aspirar á que me quieran; pero los poetas fingen lo que se les antoja, y el barbilindo de D. Carlos puede haber levantado esa máquina de suposiciones absurdas para escribir su idilio. En tal caso, no está muy conforme con la verdad todo aquello de que el viejo rabadán no puede ya con sus huesos, ni baila, ni corre, ni guerrea, ni es capaz de cazar lobos como el zagal. Con mi medio siglo encima, me apuesto á todo con el tal D. Carlitos. Todavía, si me pongo á bailar el bolero, estoy seguro de que he de bailarle mejor que cuando mi padre me hizo que le bailara á latigazos. Y en punto á pulmones y á resuello, no ya para encaramarme al Parnaso corriendo detrás de las bacantes, no ya para tocar todas las flautas y clarinetes del mundo, sino para mover las aspas de un molino, entiendo que tengo de sobra.

—Pero, tío, si D. Carlos no ha soñado en V. ni ha pensado en mí.

—Vamos, muchacha, no seas hipocritilla. Á mi se me ha metido en la cabeza que ese chico te quiere, que ha sabido que yo venía á pasar aquí un mes, que ha oído decir que yo era viejo, y, con estos datos, el insolente ha supuesto lo demás.