Don Fadrique decía todo esto con risa, para embromar á su sobrina; y, aunque dudoso de su recelo, algo picado de la desvergüenza del poeta, que por otra parte no había dejado de caerle en gracia.
—Tío —dijo por último Lucía con la mayor gravedad que pudo,— V. no es el viejo rabadán. El viejo rabadán es de Villabermeja como V.: hace dos años que está establecido aquí, y merece, en efecto, las calificaciones que le prodiga el poeta, porque está muy asendereado y estropeado. El viejo rabadán se llama D. Casimiro. V. debe de conocerle.
—¡Ya lo creo! ¡Y vaya si le conozco! —dijo el Comendador recordando á su antiguo adversario y víctima de la niñez.
—Pero entonces, ¿quién es Clori? —añadió en seguida.
—Clori es una linda señorita, muy amiga mía. Su madre vive con gran recogimiento y no sale ni deja salir á su hija de noche. Por eso no ha estado Clori de tertulia; pero es mi vecina, y su madre consiente en que venga conmigo de paseo, en compañía de mi madre. Si mañana quiere V. ser nuestro acompañante, iremos á las huertas, á las diez, después del almuerzo, por sendas en que haya sombra. Clori vendrá, y V. conocerá á Clori.
—Iré con mucho gusto.
—¡Ah, tío! Por amor de Dios, que no se le escape á V. lo de que D. Carlos está enamorado de mi amiga y lo de que ella es Clori. Mire V. que es un secreto. Nadie más que yo lo sabe en la población. Hay que tener mucho recato, porque los padres de ella no quieren más que á D. Casimiro y nada traslucen del amor de D. Carlos. Yo se lo he confiado á V. para que no fuese V. á creer que yo era Clori y que sin razón de ningún género habíamos convertido á V. en viejo rabadán enclenque, á fin de dar motivo á los versos.
—Quedo satisfecho, muchacha, y no diré nada. Te aseguro ya que me interesa tu amiga Clori y que tengo curiosidad de verla.
De esta suerte, de improviso, vino D. Fadrique á tener, apenas llegado, un secreto con su sobrina, y á figurar en intrigas y lances de amor.
Pensando en ello, se retiró á su cuarto, como los demás se retiraron cada cual al suyo, y durmió hasta las ocho de la mañana, mejor que un mozo de veinte años.