VIII
Doña Antonia amaneció con un tremendo jaquecazo, enfermedad á que era muy propensa. Tuvo, pues, que guardar cama y no pudo acompañar á paseo á su hija Lucía; pero, como el mal no era de cuidado, y ya Lucía tenía concertado el paseo con su amiga, se decidió que el Comendador las acompañase.
La amiga de Lucía vivía en la casa inmediata. Un muro separaba los patios de una casa y otra. Á la hora convenida, en punto de las nueve y media, pronta ya Lucía para salir y con su tío al lado, gritó desde el patio, al pie del muro:
—Clara (así se llamaba Clori en la vida real), ¿estás ya lista?
No se hizo aguardar la contestación.
Oyóse primero la voz de una criada que decía:
—Señorita, señorita, Doña Lucía está llamando á su merced.
Un momento más tarde sonó en el patio contiguo una voz argentina y simpática, que respondía:
—Allá voy; sal á la calle; ¿para qué he de entrar en tu casa?
Salieron D. Fadrique y Doña Lucía, y hallaron ya á Doña Clara en la puerta.