Tenía D. Valentín cerca de sesenta años de edad, pero parecía mucho más viejo, porque no hay cosa que envejezca y arruine más el brío y la fortaleza de los hombres que esta servidumbre voluntaria y espantosa, á que por raro misterio de la voluntad se someten muchos, cediendo á la persistencia endemoniada de sus mujeres.

No bien entró Clara en el cuarto, Doña Blanca le preguntó:

—¿Dónde has estado, niña?

—Mamá, en el nacimiento.

—No sé cómo tiene pies mi señora Doña Antonia para dar paseos tan disparatados. Con ir y volver, eso es andar cerca de una legua.

—Doña Antonia no ha estado hoy con nosotras —dijo Clara, no atreviéndose á mentir, ni siquiera á disimular.

El rostro de Doña Blanca tomó cierta expresión de sorpresa y de notable desagrado.

—Entonces ¿quién os ha acompañado en el paseo? —preguntó Doña Blanca.

—No se enoje V., mamá: hemos ido bien acompañadas.

—Sí; pero ¿por quién? ¿Por alguna fregona? ¿Por alguna tía cualquiera?