—Cállate, Valentín, que no dices más que sandeces. Y las llamo sandeces, por no calificarlas de blasfemias. ¿Qué moralidad, qué hidalguía, qué virtud puede haber donde faltan la religión y las creencias, que son su fundamento? Sin el santo temor de Dios toda virtud es mentira y toda acción moral es un artificio del diablo para engañar á los bobos que presumen de discretos y que no subordinan su juicio á los que saben más que ellos. Ya lo he dicho y lo repito: el Comendador Mendoza era un impío y un libertino, y seguirá siéndolo. Nosotros iremos á visitarle para no chocar, procurando no hallarle en casa y ver sólo á doña Antonia y á su bendito marido. En cuanto á Clarita, se buscará un pretexto cualquiera para que no salga más con Lucía, exponiéndose á ir en compañía de ese renegado, jacobino, volteriano y ateo. Primero confiaría yo á Clara al cuidado de la más vil y pecadora de las mujeres. Esta mujer, con el auxilio de la religión, puede regenerarse y llegar á ser una santa; pero de quien niega á Dios ó le aborrece, del empedernido de toda la vida, ¿qué esperanza es lícito concebir?
Clarita y D. Valentín se compungieron y amilanaron con el sermón de Doña
Blanca, y nada supieron contestarle.
Quedó, pues, resuelto que Clarita, por culpa del Comendador y para que no se contaminase, no volvería á pasear con Lucía.
X
Las resoluciones de Doña Blanca Roldán eran irrevocables y efectivas.
Ella sabía darles cumplimiento con calma persistente.
Una mañana, después de oir misa con D. Valentín, estuvo Doña Blanca á visitar á Doña Antonia y á felicitarla por la venida de su cuñado; y fué con tal tino, que no se hallaba el Comendador en casa.
Ni antes ni después de esta visita se dejaron ver Doña Blanca y D. Valentín de sus vecinos y amigos. Retirados siempre en el fondo del antiguo caserón en que vivían, y pretextando enfermedades, no recibían visitas, á pesar de lo difícil y odioso que es negarse á recibir, estando en casa, cuando se vive en un pueblo pequeño.
En balde intentó repetidas veces Lucía sacar á paseo á Clara. Siempre que envió recado, le contestaron que Clara estaba mal de salud ó muy ocupada y que le era imposible salir.
Lucía fué ella misma á ver á Clara, y sólo dos veces pudo verla, pero en presencia de su madre. Estas pruebas de retraimiento y hasta de desvío estaban suavizadas por una extremada cortesía de parte de Doña Blanca; aunque bien se dejaba conocer que si esta señora ponía de su parte cuantos medios le sugería su urbanidad á fin de no dar motivo de agravio, preferiría agraviar, si por agraviado se daba alguien, á cejar un punto en su propósito.
Fuera del día en que visitó á Doña Antonia, no ponía Doña Blanca los pies en la calle sino de madrugada, para ir á la iglesia, á misa y demás devociones. D. Valentín la acompañaba casi siempre, como un lego ó doctrino humilde, y Clara la acompañaba siempre, sin osar apenas levantar los ojos del sueldo.