—¿Cómo cobarde? ¿Dónde viste tú que para con Dios haya cobardía? La resignación á su voluntad no implica, por otra parte, el que te aquietes y te llenes de contentamiento de tí propio. Sigue llorando tu culpa; desuéllate el alma con el azote de la conciencia y el cuerpo con unas disciplinas crueles; haz de tu vida en el mundo un durísimo purgatorio; pero resígnate y no trates de remediar lo que sólo de Dios debe esperar remedio. Hasta el sentido común está de acuerdo en esto, miradas las acciones humanas por el lado de la utilidad y conveniencia, las cuales, bien entendidas, concuerdan con la moralidad y con la justicia. ¡Qué atinado es el refrán que reza: No siento que mi hijo pierda, sino que quiera desquitarse! Si malo es jugar, peor es aún volver á jugar; reincidir en el pecado para remediar el mal del pecado. Pero á todo esto, tú no hablas sino de generalidades, y el caso de conciencia no parece.

—Voy al caso, —dijo el Comendador.

—Soy todo oídos, —repuso el fraile.

—¿Qué debe hacer el que no es hijo de quien pasa por su padre, según la ley, y usurpa nombre, posición y bienes que no son suyos?

[Nota del autor: Esta novela, que se ha publicado á pedacitos en el periódico El Campo, tiene plan trazado en Noviembre de 1876. El drama del Sr. Echegaray Ó locura ó santidad no había sido representado aún. Yo no tenía de él la menor noticia, dado que ya estuviese escrito. Ha sido, pues, una coincidencia, para mí harto desagradable, la semejanza ó analogía del asunto de tan aplaudido drama con el asunto de mi pobre novela. Entiéndase que al hacer esta observación no quiero defenderme de los que pudieran acusarme de imitar ó remedar, sino de aquéllos que se inclinen á creer que yo, bajo la forma de un cuento, me entrometo en censurar, impugnar ó controvertir las ideas ó doctrinas que en el citado drama resplandecen.]

—¡Hombre… tú eres famoso! ¿Después de tanto preámbulo te vienes con una preguntilla tan baladí? Prescindo ahora de la dificultad ó imposibilidad en que ese hijo postizo estaría de probar el delito de su madre. Yo no sé de leyes; pero la razón natural me dicta que contra la fe de bautismo, contra la serie de actos y documentos oficiales que te han hecho pasar hasta hoy por un hijo de un determinado y conocido López de Mendoza, no pueden valer testimonios sino de un orden excepcional y casi imposible. Doy, con todo, de barato que posees tales testimonios. Creo, decido que no debes valerte de ellos. ¿Sabes los mandamientos de la ley de Dios? ¿Sabes que el orden en que están no es arbitrario? Pues bien; ¿qué dice el séptimo?

—No hurtar.

—¿Y el cuarto?

—Honrar padre y madre.

—Es, pues, evidente que para quitarte de encima el pecado contra el séptimo ibas á pecar contra el cuarto, deshonrando á tu madre y á tu padre, que padre sería siempre el que te tuvo por hijo, te crió, te alimentó y te educó, aunque no te engendrara.