—¿Y si posee bienes para subsanar el daño causado á los herederos?

—Subsanar ese daño, pero con tal recato, discreción y sigilo, que no se sepa nada. En el libro de los Proverbios está escrito: Melius est nomen bonum quam divitiae multae. Así es que por cuestión de intereses no se debe perjudicar á nadie en su buen nombre.

El historiador de estos sucesos escribe para narrar, y no para probar. No decide, por lo tanto, si el P. Jacinto estaba atinado ó no en lo que decía; si hablaba guiado por el sentido común ó por la doctrina moral cristiana, ó por ambos criterios en consonancia completa; y no se inclina tampoco á creer que dicho padre tenía una moral burda y grosera, y el atrevimiento y la confianza de un rústico ignorante. Quédese esto para que lo resuelva el discreto lector. Baste apuntar aquí que el Comendador mostraba una satisfacción grandísima de ver que su maestro, como él le llamaba, pensaba exactamente lo que él quería que pensase.

El P. Jacinto, desconfiado como buen lugareño, no advertía el interés vivísimo con que su antiguo discípulo le interrogaba; y temiendo siempre una burla, una especie de examen hecho por el Comendador para pasar el rato, volvió á hablar un tanto picado, diciendo:

—Me parece que estoy archi-cándido. ¿Á dónde vas á parar con tanta preguntilla? ¿Quieres examinarme? ¿Piensas retirarme la licencia de confesar si no me crees bien instruido?

—Nada de eso, maestro. Yo ignoro si está V. ó no de acuerdo con sus librotes de teología moral; pero está V. de acuerdo conmigo, lo cual me lisonjea, y lo está también con mis propósitos, lo cual me llena de esperanza. Yo buscaba en V. un aliado. Contaba siempre con su amistad, pero no sabía si podía contar también con su conciencia. Ahora comprendo que su conciencia no se me opone. Su amistad, por consiguiente, libre de todo obstáculo, vendrá en auxilio mío.

El P. Jacinto conoció al fin que se trataba de un caso práctico, real, y no imaginado, y se ofreció á auxiliar al Comendador en todo lo que fuese justo.

Aguardando, pues, una revelación importante, quiso tomar aliento haciendo una pausa, y trató de solemnizar la revelación yendo á una alacena, que no estaba lejos, y sacando de ella una limeta de vino y dos cañas, que puso sobre la mesa, llenándolas hasta el borde.

—Este vino no tiene aguardiente, ni botica, ni composición de ninguna clase —dijo el padre al Comendador.— Es puro, limpio y sin mácula. Está como Dios le ha hecho. Bebe y confórtate con él, y cuéntame luego lo que tengas que contar.

—Bebo al buen éxito de mis planes, —contestó el Comendador, apurando el vino de su caña.