—Razón tiene V. de horrorizarse… Ella lo repugna… lo entiende… pero cree que no debe resistir á la autoridad materna.

—Eso será lo que tase un sastre. ¡Pues no faltaba más! Obedecerá á su madre; pero antes obedecerá á Dios. Diligendus est genitor, sed praeponendus est Creator. Es sentencia de San Agustín.

—Además —dijo el Comendador,— Clarita ama á otro hombre.

—¿Cómo es eso? ¿Qué me cuentas? ¿Qué mentira, qué enredo te han hecho creer? Si amase á un galán, Clara me lo hubiera confesado.

—Ella misma ignora casi que le ama; pero me consta que le ama.

—Vamos, sí, ya doy en ello: ciertas miradas y sonrisas con un estudiantillo… Me las ha confesado. Está arrepentida… ¡Con un estudiantillo!… ¿Pues se había de ir Clarita á correr la tuna?

—P. Jacinto, V. chochea.

—¡Desvergonzado! ¿Cómo te atreves á decir que chocheo?

—El estudiantillo no es de esos que van con el manteo roto y con la cuchara puesta en el sombrero de tres picos, pidiendo limosna, sino que es un caballero principal, un rico mayorazgo.

—¿De veras? Ya eso es harina de otro costal. De eso no me había dicho nada aquella cordera inocente. Oye… ¿y es buen mozo?