—No puedo negártelo.

—Gracias, tío. No es V. capaz de encarecer bastante lo orgullosa que estoy.

—¿Y por qué?

—Toma… porque, por muy afectuoso que sea V. con todos, al fin no se interesaría tanto por dos personas que le son casi extrañas, si no fuese por el cariño que tiene V. á su sobrinita, que desea proteger á esas dos personas.

—Así es la verdad, —dijo el Comendador, dejando escapar una mentira oficiosa, á pesar de la teoría del P. Jacinto.

Lucía se puso colorada de orgullo y de satisfacción, y siguió hablando:

—Apostaré á que ha ganado V. la voluntad del reverendo. ¿Está ya de nuestra parte?

—Sí, sobrina, está de nuestra parte; pero, por amor de Dios, calla, que importa el secreto. Ya que lo adivinas todo, procura ser sigilosa.

—No tendrá V. que censurarme. Seré sigilosa. V., en cambio, me tendrá al corriente de todo. ¿Es verdad que me lo dirá V. todo?

—Sí, —dijo el Comendador teniendo que mentir por segunda vez. Luego prosiguió: